24 dic. 2013

Carta de una melancólica soñadora que no quiere dejar de fantasear en Navidad

Mientras saco el portátil la señora que está al lado, que ha tenido varios problemas para encontrar el sitio, habla con su hijo por el móvil. Le desea buenas Navidades en esas tierras lejanas, le pregunta si ya terminó el trabajo. Le vuelve a desear suerte. Le dice que su padre le echa de menos, como ella. Le desea buenas Navidades. Una y otra vez. Feliz Navidad.
Me apetecería arroparme con una manta y ver cómo cae la lluvia mientras me despido de Oviedo. Si alguien pusiera una chimenea enfrente, con llamas que saborean el sabor de un tronco seco, y me trajera un chocolate caliente, mejor aún. Es lo que pide el frío que se avecina. Fuego, hogar, deseos, esperanza. Es lo que merece.
Cuando viajo por estas fechas me intento imaginar la vida de la gente. Todos llevan mucho equipaje, todos llevan mucha ropa de abrigo encima, como si todos esperasen que al llegar a sus tierras el cielo los recibiera nevando. Lo que me preocupa realmente es quién los espera y los recibirá, no qué; lo que quiero descubrir en sus andares lejanos son las esperanzas que guardan sus corazones; lo que quiero vislumbrar en sus ojos es a dónde se dirigen, en qué lugar del mundo se encuentra su hogar.
Suelo inventarme la historia de sus vidas. Piense en lo que piense mientras observo el mundo desde mi ventana del autobús, todo acaba tratando de personas. Y da la impresión de que, de repente, todo a mi alrededor está iluminado con las felicidades y los pesares de personajes desconocidos con algún destino fijo. Mientras ellos viven sus vidas, yo intento encontrar la mía a través de sus almas.
Como he dicho, al final todo trata de personas. De personas lejanas, cercanas, ausentes, presentes, de besos, de abrazos, de lágrimas. Miles de ánimas que vuelven a su hogar o se quedan en tierras extrañas, miles de nuevas sonrisas que nuestra memoria inmortalizará. Todos respiramos el mismo aire y todos vamos de la mano en el mismo barco, pero cada uno tiene su pasado. Un pasado que a veces te persigue, que a veces se queda atrás. Da igual. Mis pensamientos hacen que mi imaginación rescate todos los pasados plausibles y todos los futuros inciertos.
Al recolocarme los cascos con una sonrisa, me percato de que la noche ya se ha cernido sobre el mundo. Y parece tener vida propia, como si las sombras fueran entidades fantasmagóricas, como si en realidad la oscuridad pudiera seguir a los transeúntes. Sin embargo, en esta ocasión, hay luces de diversos colores que los guían, que les muestra el camino de vuelta a casa. Da igual que la oscuridad sea como la luz, da igual que irradie negrura. Las lucecitas abren el camino en ese elemento. Da igual que apagues todas las farolas, esas bombillitas seguirán titilando en lo alto, movidas por el viento.
Muchas veces, aunque las luces nos acompañen, aunque las sonrisas nos reciban, percibimos que de una Navidad a otra hemos ido perdiendo cosas, personas, sentimientos importantes. ¿No podríamos alegrarnos por lo que hemos ganado? ¿No podríamos, en el peor de los casos, dejarnos cautivar por las luces parpadeantes, por la cara de felicidad de los niños, y prometernos a nosotros mismos que en cuanto antes seremos capaces de acabar con la situación que nos inquieta? Es un buen momento para trazar un plan a la luz de una hoguera, de intentar soñar despiertos mientras señalamos la estrella fugaz que aparece en el cielo.
¿A qué crees que saben, huelen, suenan las Navidades? ¿Qué tacto tienen? Aguarda, te lo voy a decir. Saben a mazapán y turrón; huelen a musgo fresco, al frío de la nieve, a tierra mojada, a arena húmeda; suenan a villancicos, a los que sean, esos que tanto odias y luego tarareas sin querer; tienen el tacto de las mantas, de lo humano, de la madera caliente.
Últimamente, seguramente desde que perdí mi inocencia de niñez, las Navidades para mí son melancólicas. Melancólicamente bellas. Melancólicas, al fin y al cabo. Pero también están llenas de magia. De algo que flota en el aire. Algo alejado de la religión, de la sociedad, del consumismo, de los regalos. Es simplemente como si esta época del año pudiera rescatar los recuerdos que más amo, los mejores momentos, para ponerlos sobre la mesa y mostrármelos de nuevo. Y eso, claro está, duele, pero también es una de las mejores sensaciones que siento.
En todo eso voy pensando mientras el autobús me lleva por pueblos en los que nunca he estado en realidad. En todo eso pienso mientras siento que la Navidad, una vez más, nos comienza a rodear.


PD. En mi casa dejo que la oscuridad me trague y solamente las luces de ese árbol de mentira me guíen. Suelo observarlas desde abajo. Me hipnotizan. Hacen que una parte de mi alma esté un poco, un poquito más tranquila.

24 nov. 2013

Corridas de toros, ¿arte o cultura? o Cómo me toca la moral ver animales que disfrutan viendo cómo uno de los suyos hace sufrir a otro animal (opinión y humor)

NOTITA IMPORTANTE: Como estoy segura de que si un taurino lee este texto no va a dejar de ver las corridas de toros, prefiero votar democráticamente conmigo misma y decidir que va a ser un texto serio-humorístico/racional-irreverente. Porque este es mi blog, ¿no? Y en mi blog hay una democracia…*tose* sar *tose* aus *tose* ten *tose* cracia *tose*…que ha decidido que sea así. Así que avisados quedáis. Así que si no estás de humor para aguantar humor (valga la redundancia) negro y sarcasmo, mejor no sigas. Que, por cierto, ser antitaurino no es estar en contra de los tauros (jamones voy a estar yo en contra de mí misma). Es estar en contra de las corridas de toros. ¿Eh?

Si mi gata pudiera reflexionar ante algunas imágenes que salen en la televisión pública (mírala que mona ella. Entiéndase mona como linda, no como mona-mona), pondría cara de pena y nos odiaría. Seguramente pensaría algo así:
«Qué crueles sois los humanos. En esta fiesta de sangre, el animal “superior” utiliza sus artimañas para hacer sufrir al “inferior”, para que sus cuerpos se manchen de pura sangre roja, para que los espectadores aplaudan la bestialidad de un animal que en algún momento olvidó su origen y se creyó mejor que todos los demás».
Gracias a Zeus, Morgan solamente ve la televisión cuando oye ruidos muy extraños (aquellos que salen de vez en cuando en Juego de Tronos, ya me entendéis) o cuando yo la veo (en realidad en esas ocasiones duerme encima de mí. Tal vez sueña con la televisión, ¿o qué?).
Las crónicas taurinas, como sabréis, nunca señalarán la crueldad de los toreros. No, lo que hacen es ensalzar una tradición centenaria en la que el hombre demuestra su maestría ante la bestia, la valentía del humano frente al miedo de la madre naturaleza, la…voy a cortar el rollo. Escribir este párrafo me levanta casi dolor de cabeza.
Para mí, las corridas de toros representan una vergüenza de la que todos deberíamos arrepentirnos. Para mí, solamente muestra que los humanos seguimos siendo igual de intolerantes que siempre ante cualquier ser inferior en cualquier aspecto, ante todo aquello que creemos controlar, dominar. Demuestra el orgullo que tenemos por creer que el mundo es solamente nuestro, el orgullo infantil de creer que no hay nadie mejor.
Bueno, estas reflexiones mías se remontan a un viaje que hice a Granada. Paseando por la ciudad encontré un graffiti en el que ponía algo como «basta de especismo». Ni tan siquiera mi Word reconoce esta palabra. Yo al principio tampoco lo entendí, llegué a poder separar simplemente los lexemas. Supuse que tenía que ver con «especie». Ni tan siquiera la RAE me pudo sacar de dudas, no recoge la palabra. Tuve que acudir a Wikipedia. Gracias, querida.
Para quien no lo sepa, el especismo es discriminar a las demás especies animales. El antropocentrismo, palabra mucho más conocida, es especismo. Creer que no hay extraterrestres, o que nosotros somos mucho mejores que ellos, es especismo. Las películas de ciencia-ficción con extraterrestres feos e inhumanos (qué termino tan desafortunado y antropocentrista acabo de utilizar, rayos) son especismo. Y, por lo tanto, maltratar a los toros también es especismo. ¿Lo estoy dejando claro?
El sadismo que se manifiesta con esta práctica me parece una mera desviación del orgullo de ser humano, lo que vendría siendo…eso es, especismo. Especismo, especismo, especismo por todas partes. El especismo nos rodea, el rojo me rodea en Word porque me subraya la palabra que no conoce. Entérate, el especismo existe. Aunque no lo veas.
Como iba diciendo, matar a un toro así me resulta de un sadismo incongruente. Disfrutar viendo sufrir a un animal no me parece normal en una especie que se cree superior porque es capaz de «razonar» y que se atribuye a sí misma la posesión de «sentido común». En algún momento alguien me dijo que «el sentido común es el menos común de los sentidos», lo que esta práctica cruel no hace más que resaltar.
Concluyendo que la inteligencia humana no llega muy lejos, suponiendo que sigo en lo cierto, voy a dejar aquí, y rebatir a mi manera (esa que decidí democráticamente), los argumentos que se suelen utilizar para reforzar la tesis de que «las corridas de toros son guays». Vamos allá:

1. «Es arte».
Mi profesor de historia del arte concluyó su primera clase diciendo que «arte es aquello que el ser humano considera arte». Es decir, una taza de un váter en un museo puede ser arte, mi abuela en bicicleta puede ser arte, yo haciendo el pino con las orejas soy una muestra suprema de arte. Según este razonamiento, vale, es arte. Porque absolutamente todo es arte. Tú eres arte. Rajoy es arte (auch). El universo es arte. Los alienígenas también. No te olvides de ellos.
Sin embargo, yo no llego a concebir que todo pueda ser arte. Es decir, si entras en mi casa, me matas y me cuelgas de la chimenea a mí no me parecería arte. Tal vez es por esto de la subjetividad, porque sería malo para mí…y para ti. ¿Un poco? ¿Un poquito? ¿Un poquititín? ¿Minininimo? Bueno, supongo que nadie me refutará que matar gatitos no es un arte, o que matar luciérnagas no es un arte. Por lo tanto, para mí, cualquier acción artística que implique el dolor de un tercero no es una acción…artística. Es una acción. Sádica. ¿Vemos la diferencia?

2. «Demuestra la fortaleza del humano, la valentía ante la bestia».
Lo pongo aquí porque veo que alguien me podría decir que matar gatitos y luciérnagas no es peligroso y no se demuestra valentía alguna. ¡Pues sí es peligroso! Aparece una horda de ecologistas y te crujen a golpes con sus pancartas. Vale, tal vez no, tal vez son pacíficos. Pues te crujen el alma con sus gritos, con sus lemas verdaderos, con palabras que son tan ciertas que rasgan como puñales y hacen que tu corazón sangre de dolor. Si tienes corazón, claro, pero ese es otro tema.
Para mí (vuelvo a esta fórmula para que no ataquéis a otros antitaurinos, cacahuetes) no hay valentía en enfrentarse a un toro con una ESPADA y con un montón de BANDERILLAS. Entiéndase aquí que no veo una valentía justa. Weh, a ver, me refiero a que me parece más valiente alguien que se enfrenta a otro a mano abierta que con una escopeta, yo qué sé, cosas mías. Que si el torero fuera a matar al toro con sus manos pues lo vería equitativo y justo y demás: cada uno con sus armas naturales. Pero claro, un montón contra uno, con una espada, siendo un montón de veces más inteligente (lo pongo en duda, hmmm) pues va a salir perdiendo el toro. Digo yo. Es lo lógico. Creo. Debería ser.
Estoy reconsiderando la explicación. Lo que quiero decir es que, para demostrar tu fortaleza, valentía y superioridad, enfréntate a un toro a mano abierta, sin espada, sin piedras, sin pancartas de ecologistas, a ver qué ocurre. Lo que ocurre, obviamente, es que el toro te mata. Porque su físico es superior, así que a no ser que seas Odiseo y puedas desarrollar una estrategia genial en poco tiempo estás perdido. Pero más perdido que los de Perdidos, entiéndase como perdido del todo.
Con esto no digo que apoye la violencia en ningún caso. Digo que, dentro de la estupidez que me parece pelearse con otro animal por diversión (a muerte, especifico), pues sería más justo lo otro. Lo que, en realidad, es absurdo, porque la violencia en sí me parece absurda, así que considerar algo más justo dentro del absurdo es una absurdez. ¿Que no existe la palabra? Aquí estoy para crearla.
Creo que hay otras formas mucho mejores de mostrar la valentía, hablando en serio (por poco tiempo). Es más, considero que ni tan siquiera existe la necesidad de mostrar la valentía, pues el que es valiente es valiente y punto, debe considerarse a sí mismo como tal y no tiene que ir pavoneándose de ello por ahí, porque es egocentrismo. Lo que nos lleva a… antropocentrismo, que nos lleva a… especismo. Volvemos al mismo punto.

3. «Estás en contra de las corridas de toros… ¿y comes pollos?».
Este argumento es cortesía de Alcornoque, cierto personaje que conocí hace años atrás y que estuvo gran parte del poco tiempo que lo vi discutiendo acaloradamente con una amiga. Sobre toros, obviamente. Si me preguntas de donde viene el mote, bueno, lo explicaré en el cuarto argumento, que también es suyo. Te dejo en suspense.
Aquella calurosa noche, junto a la playa, me dijo que no podíamos estar en contra de los toros y comer pollos (creo que se refería a ser vegetarianas. Vamos, que si eres antitaurino tienes que ser vegetariano). Dijo que él prefería una vida bien cuidado con un final «espectacular» antes que vivir en una jaula para ser «comido». Se refería a morir luchando como un toro en contra de vivir en una jaula como una gallina. Creo.
En primer lugar, Alcornoque, en ningún momento nadie dijo que estuviéramos a favor del trato que reciben los animales en algunos lugares, como esos pollos que viven toda su vida enjaulados o a los que les cortan los picos. No, no dijimos eso, simplemente señalamos que no veíamos correctas las corridas de toros. Él infirió, por algún motivo, que nos encantaba comer pollos enjaulados.
Así que el hombrecito siguió con su argumento y empezó a hablar de ordeñar a las vacas de forma cruel como si fueran máquinas y no sé qué. Me pareció un buen momento para explicarle que la leche que compraba me la vendía una señora del pueblo con vacas que pastaban libres por los campos (y vamos, no saltaban de felicidad porque no eran cabras) y que los huevos nos los solía regalar una amiga que tenía una pequeña granja (y vamos, no cantaban de felicidad porque no eran gallos). Y, en fin, que no tenía nada que ver lo uno con lo otro. Que me parecía genial que hubiera personas que se negaban a comer carne; o carne y pescado; o carne, pescado y derivados de la leche; o lo que sea por principios éticos. Pero que eso no era para mí. Que yo me iría desmayando por las esquinas si no comía medianamente bien. Que me parecía razonable comer carne y pescado si era lo que nuestro cuerpo necesitaba para sobrevivir. Lo que, según mi sentido común, no tenía mucho que ver con maltratar a un animal porque te da la gana, pues no es una necesidad de ningún tipo.
Y creo que Alcornoque siguió hablando de lo bien que trataban a los toros, y yo le dije que eso no era ningún argumento para estar a favor de asesinarlos en mitad de una plaza con centenares de ojos pidiendo sangre. Que para mí nos queda largo trecho que madurar como especie, que la naturaleza es cruel, vale, pero ya que tanto nos queremos separar de ella (lo digo por los temas tabú, mira: ¡Muerte! ¡Sexo! ¡Locura! Es decir, lo que viene a ser cosas relacionadas con que somos animales imperfectos) tendríamos que pensar un poco más. Cosa que no hacemos, porque ya nos veo destruyendo del todo el plantea y teniendo que llamar a la puerta de alienígenas para que nos acojan. Y si son medianamente listos, no lo harán.

4. «Pero si no sienten…son animales».
He aquí el momento en el que explico por qué lo llamé Alcornoque. Tal vez fue porque su nombre era Alejandro y alternarlo con Alcornoque quedaba muy bien para la canción de Lady Gaga (alcor-alcornoque, alcor-alcornoque…).
En realidad, tiene sentido. Porque cuando dijo esto me quedé con cara de WTF (qué, las siglas en inglés quedan mejor) y le pregunté que entonces los humanos qué éramos. Si no éramos animales, teníamos que ser…plantas…hongos…protozoos…juraría que esos fueron los reinos que yo había estudiado en Conocimiento del Medio, otrora, allende los mares (literalmente, que estaba en Canarias, pero especifico que Alcornoque en cuestión no era canario, sino peninsular). Y como él respondió que los humanos NO somos animales, pues tácitamente mis amigos decidieron que él era como mucho una planta. Lo que me pareció un insulto a las plantas. Pero vuelve a ser otro tema.
El razonamiento suyo fue «puedes hacer daño a cualquier cosa que no sea humano porque no siente». En primer lugar, teníamos que explicarle que los seres humanos somos animales, cosa que me da la impresión de que no se puede discutir seriamente en ningún ámbito, ¿nunca oíste lo de que el ser humano es el único ANIMAL racional? Pues es mentira. Razón tenemos poca y os olvidáis de esos alienígenas que nos van a cerrar las puertas.
La cuestión es que le parecía genial matar toros porque son animales (ojo, y nosotros no) y por lo tanto no sienten. Estoy segura de que mis amigos biólogos potenciales se habrían dado de cabezazos contra una pared ante una afirmación así. Con Alcornoque lo que pasó es que alguien dijo casi gritando «¡Para qué tienen sistema nervioso entonces, eeeeeeh!». Pero nada. Que para él no sentían, por lo que lo siguiente que se oyó fue a alguien diciendo que «tenían que clavarle banderillas y espadas a él». No, a ver, yo creo que con una clase de biología elemental básica-básica de cuarto de primaria le sirve. No a la violencia, he dicho. No voy a estar a favor de la violencia contra humanos estando en contra de la violencia contra toros. Incongruencias y eso.

5. «Es una tradición en España».
Primero, GRACIAS A TODOS ESOS EXTRANJEROS QUE SABEN QUE ESPAÑA NO ES SOLO CORRIDAS DE TOROS Y SEVILLANAS. GRACIAS, EN SERIO, TODOS LOS ANTITAURINOS Y PERSONAS QUE NO ESCUCHAN SEVILLANAS OS AMAN.
Ahora que he dejado eso claro, continúo. Defender algo por tradición tiene una reducción al absurdo que me resulta maravillosa. Para quien no lo sepa, es un argumento que trata de llevar la tesis del contrario a un extremo absurdo. Con esta es muy fácil. Si debemos mantener los toros por tradición, empecemos a echar a los leones a los cristianos como hacían los romanos, tengo entendido que les encantaba. (Eh, eh, que yo no estoy en contra de los cristianos. Lo he reducido al absurdo. Que quede claro).
Defender una tradición a ultranza… no es lo mejor que se puede hacer. Antes tendríamos que revisar si la tradición en cuestión sigue siendo moral en nuestro tiempo. Por si no os habías dado cuenta, somos algo menos bestias que hace quinientos años, solo un poquito, pero no quiero ni un pasito atrás. Ni uno. Estoy esperando a que la humanidad evolucione, no a que involucione.
Muchos dicen que los toros representan a España. Bueno, para eso ya tienes otros símbolos como la bandera. He conocido alemanes, ingleses, belgas, franceses, austriacos, estadounidenses, gente diversa, que se echan las manos a la cabeza porque algunos españoles están superultramegahiperorgullosísimos de los toros. Ni todos estamos orgullosos de eso ni me parece un símbolo apropiado para nada. Si quieres utilizarlo para señalar que somos igual de idiotas que hace tiempo, pues sí, es genial. Pero a mí no me gusta vivir en un país que demuestra idiotez.

6. «Se perderían puestos de trabajo».
Sí, hijo. Los verdugos perdieron el trabajo, los tratantes de esclavos perdieron el trabajo, los asesinos deberían perder el trabajo, utilizar algo que puede tocar la sensibilidad de algún parado para defender la crueldad es demagogia o algo de eso. En realidad no tengo ni idea, pero que se terminen trabajos de ese tipo no lo veo incorrecto. Ni no hubiera trabajo de dictador, el mundo iría mejor. Mira, ha rimado. Creo que aquí no hay mucho más que decir.

En algún momento, según Internet, Theodor Adorno dijo que «Auschwitz empieza dondequiera que alguien mira un matadero y piensa: son sólo animales». Os he buscado la frase que más daño me hizo para que os sintáis un poco incómodos. Mira que yo digo que no soy una santa, que sigo comiendo carne, que no lloro las muertes de animales (entiéndase animales «no racionales») igual que las humanas. Pero solamente hay que tener unas poquitas neuronas para replantearse que nos estamos cargando cruelmente todo lo existente. Desde los animales y los bosques hasta la limpieza que hasta ahora había por el espacio. Que en algún momento, no demasiado lejano, la Naturaleza, sí, con mayúscula, nos va a devolver el golpe, castigándonos con el poder de todas las atrocidades que hemos cometido, con el dolor de todos a los que hemos hecho sufrir.
En fin, qué cabe esperar de una especie que ni tan siquiera se defiende entre ella. Difícil me parece que empecemos a respetar mínimamente a los demás animales cuando seguimos siendo intolerantes con nosotros mismos, cuando las guerras se abren paso entre la barbarie, cuando la esclavitud sigue existiendo, cuando el más pequeño error de los demás nos da motivos para matarlo. No, no sé qué esperar de nosotros mismos. Tengo perdida la fe en la humanidad. Los que supuestamente somos los únicos animales, o de los pocos, que podemos representarnos la mente de los demás solamente somos capaces de provocarles sufrimiento. Los que supuestamente somos los únicos que podemos hacer acciones morales o inmorales nos empeñamos en elegir el camino negro de la maldad. La autopista a la destrucción. Porque, tal vez, lo que caracteriza al ser humano no es que sea el «animal racional». Tal vez lo que lo caracteriza es que es el «animal desalmado».

Cierro dejando la foto de Morgan haciéndose la muerta, para que veáis que un animal juguetón y cariñoso haciéndose el muerto es adorable, que un animal apaleado y torturado muerto es asqueroso y vergonzoso. Saludos desde mi mundo ideal.

8 nov. 2013

Solo tú puedes salvar el mundo o cómo quitar becas Erasmus lo puede destruir (cuento crítico)


Ayer estuve rebuscando entre mis archivos (normal, tengo muchos y me olvido de la mayoría) y me encontré, con sorpresa, con el siguiente texto que escribí en primero de bachillerato. Es decir, qué bien viene ahora que Wert está manoseando e intentando estrangular las becas Erasmus.
NOTITA: Es un cuento fantástico, pero la fantasía es simplemente una visión distinta de la realidad. Creo que la crítica a los recortes en educación se puede entender.

Volvió a meter las manos en los bolsillos. Se había olvidado los guantes en casa, estaba demasiado nervioso como para acordarse de una cosa tan banal como aquella. Tenía ante sí una gran oportunidad que no sabía si rechazar o no, por eso acudiría de nuevo a la adivina que tantas veces había acertado sobre su futuro. No le quedaba otra opción: era de carácter indeciso. Siempre que tomaba cualquier decisión pensaba en las miles de consecuencias catastróficas que podría tener. Por eso necesitaba la opinión de alguien que las atisbaría todas.
Por fin llegó al número 33. Era una vieja casa de ladrillo rojo bastante vulgar, situada justo en medio de los barrios más normales de aquella laberíntica ciudad. La primera vez que le hablaron de aquel lugar donde vivía una bruja se había imaginado una oscura calle llena de niebla y una casa que parecía salir de la nada. En aquella fachada que se erguía ante él nada parecía señalar el poder que habitaba en ella.
Abrió la vieja verja negra y caminó por el pasillo de piedra que llevaba hasta la morada de aquella mujer. Llamó una vez al timbre y esperó impacientemente en la oscuridad del jardín, frotándose las manos para calentarlas.
La puerta chirrió al abrirse y un haz de luz iluminó la noche. Una mujer anciana de pelo blanco se asomó y sonrió al ver al desgarbado muchacho. Este la saludó cortésmente, como siempre hacía, y pasó dentro. El interior parecía también el de una casa normal y corriente, como todo lo demás, tal vez decorada un poco a lo antiguo, situación habitual en casas habitadas por personas de cierta edad.
Los dos se dirigieron al pequeño cuarto en el que la mujer tenía sus «instrumentos» que era lo único inusual que se podría descubrir en aquel lugar. Eso sí, aquella habitación hacía que te olvidaras de todo lo demás: estaba llena de bolas de cristal, antiguos libros, cartas de tarot y frascos llenos de hierbas y cosas que el chico no quería ni imaginarse. Se sentaron en el sofá rojo y la viejecita preguntó:
—¿Cuál es tu duda, hijo?
—Verá, Décima —Así la llamaban porque era la más pequeña de diez hermanos, y también por la Parca de la mitología romana—, he conseguido una beca Erasmus por fin para ir a estudiar a Francia, pero no sé si irme.
—Eso parece bueno, ¿por qué ibas a rechazarlo?
—Estoy preocupado por mi padre. Aún no se ha mejorado de su enfermedad y no quiero abandonarlo.
—No lo abandonas, muchacho, lo dejas con tu madre y tu hermana.
—Pero ya sabe a lo que me refiero.
—Entonces, ¿lo que quieres saber es si pasará algo cuando no estés?
—Exactamente.
La mujer suspiró. Aquel muchacho acostumbraba a venir a pedirle consejo cada vez que tenía cualquier duda sobre cualquier tema. El indeciso, lo llamaba su marido. De todos modos sacó sus cartas de tarot. En realidad eso no servía de nada, lo que tenía que hacer era asomarse al futuro, olvidarse de la imaginación humana del tiempo, entrever entre la niebla otros momentos. Comprobó que su padre se pondría mejor en el futuro, en un futuro bastante cercano. Sonrió.
—Mejorará en unos meses —Las personas creían mejor sus palabras si eran específicas. Con las mentiras pasaba lo mismo—. Esa es la carta de la salud, tu padre se recuperará pronto.
El chico suspiró, dio las gracias y se levantó. La mujer lo acompañó hasta la puerta y rechazó el dinero que este le ofrecía. Mientras el muchacho se metía las monedas en los bolsillos ella se arrebujó con su abrigo, pues notaba el aire frío de alrededor. El muchacho se despidió y desapareció por la calle.
La anciana fue a su cocina a prepararse un té cuando vio a su gato corriendo de un lado a otro, jugando con algo. Cuando se agachó para cogerlo comprobó que era la bufanda del chico. La cogió.
Un hombre anciano está viendo la televisión. Al menos, lo está intentando. No consigue sintonizar ningún canal. Se levanta lentamente y aporrea la televisión hasta que la melodía de las noticias comienza a oírse. Vuelve a sentarse lentamente, cogiendo el mando para subir el volumen.
Una gran explosión sale en la pantalla. Hay personas cerca de la cámara que salen corriendo para ponerse a salvo, temiendo por sus vidas. Los camiones de bomberos se dirigen rápidamente hacia el edificio para luchar contra las llamas que ya crean una inmensa columna de humo.
Una joven reportera aparece en una rueda de prensa.
—Estas imágenes que acaban de ver han sido grabadas en la central nuclear francesa que casi vuela por los aires. Debido a una ciclogénesis explosiva de gran magnitud, uno de los reactores ha sido dañado y parte de él ha comenzado a arder. Sin embargo, los bomberos han llegado a tiempo y el reactor no se ha visto afectado gracias a un invento de protección. Sin él el calor podría haber afectado seriamente la antigua estructura interna de la construcción—hace una breve pausa y continúa—. El hombre que tengo a mis espaldas—dice— ha sido uno de las personas que más han contribuido a que no se produzca la catástrofe. Este hombre es el científico que creó el sistema de protección que nos ha salvado de un apocalipsis nuclear.
El anciano aplaude sin moverse del sitio, aunque comenta algo sobre «sensacionalismo al utilizar palabras como “apocalipsis”».
—Comenzó su andadura como científico con una beca y ha llegado a ser el mejor de este siglo. Gracias a su contribución no ha estallado esta central, que habría provocado una peligrosa fuga que llevaría nubes radiactivas al resto del mundo. Demos un aplauso a Juanjo García Gómez.
El anciano rompe a llorar mientras sonríe para sí mismo. Se enjuaga las lágrimas y le dice a la televisión:
—Estoy orgulloso de tu determinación, hijo. Una beca Erasmus nos ha salvado.
La vidente tiró la bufanda y se secó el sudor de su frente. Nunca había tenido una visión tan intensa, y aunque no hubiera sido mala, la había sentido con angustia, como si no se fuera a cumplir si sucedía algo que lo impidiera ahora.
El timbre volvió a sonar. Al abrir la puerta comprobó que allí estaba de nuevo el chico. Se había acordado de la bufanda cuando salió a la calle y notó el viento frío de la noche. La anciana le preguntó:
—Perdona, muchacho, pero la beca…es decir, ¿qué es lo que quieres estudiar?
—Física. Me interesa la física nuclear.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo a la mujer. Al devolverle la bufanda, pudo comprobar que en la etiqueta ponía «Propiedad de Juanjo G. G.». El chico volvió a sonreír distraído y le deseó buenas noches. La anciana se quedó allí, en el umbral de la puerta, observando de nuevo cómo la oscuridad se tragaba a aquel muchacho.

«Todo es tan extraño…» pensaba mientras cerraba la puerta.  «Ayudas a alguien, a un joven sin experiencia en nada, y a los pocos años puede que él te salve de una catástrofe…bien está el dicho de haz el bien sin mirar a quien, porque la vida es tan enigmática y da tantas vueltas que una pequeña acción de un ser humano irrelevante puede destruir el mundo…o salvarlo».

23 oct. 2013

Si dijera siempre lo que pienso...(humor)

Hay un profesor que se ha aprendido mi nombre y me pregunta siempre qué pasa. O qué ocurre. Debe de ser que pongo unas caras extrañas ante lo que explica y ante mis pensamientos. Suelo responder que nada (en realidad no es mentira, nada relevante pasa por mi cabeza ni por mi vida). Pero pensándolo bien, las próximas veces que me pregunten eso y no pueda contestar, voy a ir añadiéndolo a esta lista un tanto singular.
—¿Qué pasa, Sara?
—Es que le acabas de preguntar a Indif. Si quieres saber quién es, lee el libro que aún no he escrito.
—¿Qué pasa, Sara?
—Me da que los erasmus se generan espontáneamente.
—¿Qué pasa, Sara?
—Que si te dicen "corazón ardiente" no te imaginas un corazón ardiendo, pero si te dicen "pollo ardiente" sí.
—¿Qué pasa, Sara?
—¿Qué pasa con los que no se sienten hombre ni mujer? Necesito un género neutro en español.
—¿Qué pasa, Sara?
—Hasta las narices estoy de que confundan feminismo con hembrismo.
—¿Qué pasa, Sara?
—Acabas de decir una incongruencia.
—¿Qué pasa, Sara?
—Hoy me duele el alma.
—¿Qué pasa, Sara?
—Do, re, mi, fa, sol, la, ti, do! That’s the way the story goes, oh! (Si no lo lees como la canción de Gabrielle Aplin, Panic Cord, deshonra para tu vaca).
—¿Qué pasa, Sara?
—¿Cómo crees que se dice "fuego" en danés? ¿Y en finlandés? ¿Y en suahili? ¿Y en chino? ¿Y en todas las lenguas del mundo?
—¿Qué pasa, Sara?
—¿EL BURRO POR TU CASA?
—¿Qué pasa, Sara?
—El tiempo...ah, no, espera, que no existe...
—¿Qué pasa, Sara?
—Ayer pensé que vivir en un mundo surrealista sería genial. Pero luego me di cuenta de que en realidad no sería surrealista para ti, porque acabarías acostumbrándote. ¿Crees que hay alienígenas ahí fuera que piensan que es imposible un mundo donde animales de dos patas casi sin pelo hablan? ¡Somos nosotros!
—¿Qué pasa, Sara?
—¿Y todos esos héroes olvidados del pasado, esos héroes anónimos cuyas acciones han hecho posible que estemos hoy aquí? Es decir, ¿quién inventó el clip? Porque si soy alguien es porque no pierdo todos mis apuntes por ahí.
—¿Qué pasa, Sara?
—¿Qué pasa, preguntón?
—¿Qué pasa, Sara?
—Creo que Hipatia, Sócrates, Aristóteles, Safo, todos los poetas y filósofos griegos o de la antigüedad están en el infierno por ateos o paganos. ¿Entonces Satanás está más enterado del "pienso luego existo" y demás filosofadas que Dios?
—¿Qué pasa, Sara?
—¿Cuántas veces diré "Zeus" a lo largo de mi vida? Hoy van diez.
—¿Qué pasa, Sara?
—No sé cuántos pelirrojos hay en el campus de humanidades. Y ayer no dormí.
—¿Qué pasa, Sara?
—Hablar con los que nos importan demasiado nos hace un nudo en la garganta y el corazón, pero trae más felicidad que conversar con los que no quieres ver. Por lo tanto, ¡quita pa'llá!
—¿Qué pasa, Sara?
—¡Es una crueldad que los pingüinos no puedan volar! ¡Quiero pingüinos voladores! ¡Y cacahuetes voladores! ¡Y alfombras voladoras! Por favor, eh, porfiplis.

12 oct. 2013

Toca los tambores, Yen (canción, poesía, no se sabe qué es)

Desde que tenía unos catorce años tengo una historia que me persigue y que nunca consigo acabar. Se titula Nubes Y Leyendas De Otro Mundo (NYLDOM) y muchas veces, cuando intento escribir cualquier
otra cosa, las palabras me arrastran a ella de nuevo. Lo siguiente es una canción de guerra, de esperanza, para luchar. En realidad no sé componer canciones ni escribir poemas, pero en mi fantasía eso sí puede pasar. Así que os dejo lo que escribí, recordándoos que me siento mucho mejor con la prosa.

Toca los tambores, Yen,
Tócalos ya.
Oímos cómo se acerca el enemigo,
Olemos su impiedad.

En las minas nos tuvimos que internar
Para no morir allí,
En un mundo de mayor oscuridad
Que el que encontramos aquí.
Un refugio en las tierras de Lam,
Un refugio en las tierras del Mal,
Un santuario en territorio enemigo,
Unas rocas que nos ofrecieron abrigo.
Miles murieron, lo sabemos,
Y por su recuerdo debemos protegernos,
Para que a nadie jamás le asombre
Que luchamos por mil sueños y un hombre.

Toca los tambores, Yen,
Tócalos ya.
Oímos cómo se acerca el enemigo,
Olemos su impiedad.

Aquel genial poeta, bufón para algunos,
Nos dio la esperanza perfecta
Para seguir adelante y ser sólo uno.
Su espíritu ronda estas cuevas,
No las abandonará jamás.
Cuando consigamos huir de aquí
Él se quedará como fiel guardián.
Alzaremos nuestras espadas una vez más
Contra quien mancille su nombre.
Alzaremos nuestros picos por la libertad
Pues jamás volverá a existir un hombre
Como el que fue él: que ame la igualdad.

Toca los tambores, Yen,
Tócalos ya.
Oímos cómo se acerca el enemigo,
Olemos su impiedad.

Nos dijo que no nacimos esclavos,
Que ellos superiores no son.
No debemos arrodillarnos ante las bestias,
No debemos entregar nuestra rendición.
Nos dio un regalo magnífico: la opción de luchar.
Y con su hija, la Protegida que quedó,
Iremos a batallar.

Toca los tambores, Yen,
Tócalos ya.
Oímos cómo se acerca el enemigo,
Olemos su impiedad.

Mañana respiraremos el cielo azul,
Pisaremos la fina hierba.
No digas ahora, compañero, que te rindes.
¡No dejes de luchar!
Allá tras la oscuridad
Aún existe patria, aún existe hogar.
Deja ya, hermano, de llorar.
¡Juro que llegaremos a verla!

Toca los tambores, Yen,
Tócalos ya.
Oímos cómo se acerca el enemigo,
Olemos su impiedad.

Veo el destello de esos dientes infernales,
Veo que mi sangre brota frente a los golpes rivales.
Poeta, ¿me uniré esta noche a los hombres caídos?
De todos modos, sabes que mi corazón no es mío.
Mi corazón es de la libertad deseada,
Mi corazón no se estremece ante batallas.
No viviremos solos, pues moriremos juntos.
Repítelo, sabes lo que somos: ¡Somos uno!

Toca los tambores, Yen,
Tócalos ya.
Si esta noche hemos de morir…
No nos importa.


2 sept. 2013

Romance platónico veraniego fallido en tres movimientos

NOTITA: Lo que le falta a este blog es esa pastelosidad no demasiado propia de mí. Antes de vomitar arcoiris, cerrad la página. Hace tiempo que lo escribí, y que nadie se dé por aludido. Fin.

I.       Esperanza
Hoy los astros se han alineado a mi favor. Han creado un sendero de luz sólo para mí. La vida ya no es un vacío, un hueco. Irradia algo inefable, tal vez entusiasmo, esperanza, el inicio de una gran aventura.
He vuelto a sentir la compañía de otras personas, he visto la verdad reflejada en sus ojos y por una vez esa mirada penetrante ha ido acompañada de palabras. Es el premio que he recibido por dar un paso, un pasito pequeño y acobardado, que quería de todos modos llegar al final de su recorrido.
¿Que si me aprecia? Y yo qué sé. Eso sólo me lo va a decir el tiempo, o tal vez sus escritos. Me gustaría poder encontrar en ellos a mi persona, pues en los míos ya aparece ella. Quiero apropiarme de ese corazón que escribe tan bella prosa, y yo a cambio le entregaré mi alma. Entonces, tal vez, estaré segura de que me ama.
¿Que si estoy loca? Te equivocas. No hay locura en intentar creer que tus sueños pueden volverse realidad. Que por fin te encontré, personita, que podré perderme entre tus cabellos, que podré abrazarte, sentir tu calor y velar tus sueños. No hay nada extraño en eso. Tal vez algo doloroso si descubro que no eres quien creo.
¿Que qué espero? Sólo que me sepa aceptar. Que llegue a comprender retazos de mi existencia, que sonría al verme feliz y no sufra demasiado al verme llorar. Espero sentir sus labios, espero un mañana en el que su alma esté conmigo siempre.
¿Que qué creo que pasará? Que pasará, que me olvidará, que la olvidaré y volveré a mi pesimismo taciturno de siempre. Y, por lo menos, tendré la certeza de que lo intenté, de que no fui cobarde como siempre sino que supe sacar las fuerzas que no tengo para decirle «te quiero».

II. Dudas
Aunque al ver tu sonrisa por los pasillos me siente bien, aunque ahora odie Cantabria por no estar tú aquí, aunque mis sueños giren alrededor de ti, aún así, ya siento que te perdí.
Y tengo miedo, no lo niego, de descubrir que me confundí leyendo tu mirada y que de mí no quieres nada. Ya me siento desolada por investigar, por comprobar que una vez a un hombre le entregaste tu corazón y que tal vez no te lo devolvió. Ya estoy sufriendo por adelantado, como una idiota, por si no puedes amar a otra mujer. ¿Pero qué puedo hacer?
Puedo intentar ganarme tu confianza y amistad, puedo entonces preguntarte cosas que tardaré un año en pronunciar, puedo declararme, puedo caerme en un pozo del que espero que me sacarás.
Pero lo veo difícil, inútiles los intentos, vagas las posibilidades. ¿Por qué, por qué me tuviste que mirar, por qué yo también te observé, por qué me adelanté yo a saludarte con una excusa falsa, por qué abandoné el grupo para seguirte, por qué me encontraste, por qué te respondí a su vez?
Ya he descubierto que te amo sin conocerte. Por todos los dioses, hace poco que hablé contigo y ya estoy así. No quepo en mí. Deberías ver mi amor en mis ojos, ¿no dices que no hacen falta las palabras? Tú que tan bien conoces el poder de ellas, sólo necesito que me digas dos para dejar de sufrir, para poder volver a vivir. Acaso tres, si la oración es negativa, que aunque dolerá el tiempo lo curará.
Ay, tú, amada, que nunca llegarás a leer esto. Tal vez yo ni siquiera lo intente. Haz un esfuerzo, por favor, y déjame las cosas claras. Envíame alguna de tus palabras.

III. El final
«Mientras el corazón y la cabeza batallando prosigan, mientras haya esperanzas y recuerdos, ¡habrá poesía!» dijo Bécquer ya tiempo atrás.
Pues no lo niego, pero afirmo que eso algo duele. ¿Que por qué digo eso? Escucha. Tenía una esperanza firme puesta en alguien (ahí estaba mi corazón) mientras mi maldita razón (ahí la cabeza) susurraba que para ella no había solución (y no la hubo).
Ah, delicada fue como una brisa, sin querer dañarme. Y lo que me dijo, realmente, dolerme no me dolió. Pero sí la certeza que luego me asoló. Que Fir es la única que estará conmigo siempre y que a ningún lugar va mi vida demente.
«¡Tiempo al tiempo!» repite Urano.
«¡Tiene razón!» ella corroboró.
Ah, malditas almas, desperdicio mi vida esperando, a ratos buscando personas inexistentes que vagan por mi mente.
«¡Para Sar!» me dijo Fir.
«¡Idiota Sar» el inquilino debió de decir.
¿Y qué hago yo?
Tralará, tralará, tralará.
Me escondo.
Corro.
Huyo.
Miro alrededor.
Desaparezco.
No, ella no mintió. Sabe interpretar las miradas y ver la verdad. Fui yo la que se equivocó. Azeus.


19 ago. 2013

Tal vez y casualmente (experimento)

Tal vez un día Gea deje abierta la puerta casualmente.
Tal vez, casualmente, sea el día que más coches pasan.
Casualmente, tal vez, dirá que no se encontró el cuerpo.
Entonces, casualmente, se repetirán historias de mi niñez, tal vez.

Objetivo: Tomar el pelo a los complementos circunstanciales. 

21 jun. 2013

Las huellas del primer año de universidad (consejos y experiencias)

El año pasado me despedí del instituto con un discurso que tuve que pronunciar. Recuerdo perfectamente la última frase: «Nos veremos en un futuro, en algún lugar, tal vez dentro de unos días, o tal vez dentro de una eternidad». Hoy he llegado a otra conclusión: quiero veros en la universidad.
Cuando terminé la PAU y formalicé la matrícula de la universidad me tranquilicé apenas un día. Me sentí libre con mi verano por delante, pero tenía un miedo presente en el horizonte. Sabía que después de esos días perdidos por la playa, entre risas y viajes, llegaría a un lugar que apenas había visto dos veces antes y donde debería pasar todo un curso escolar.
No voy a mentir: tenía miedo, mucho miedo, de ese miedo que no te deja dormir y hace que des más y más vueltas en la cama. Me despertaba por las noches e intentaba refugiarme en mis escritos (aquellos que me conozcan bien lo comprenderán). Escribía en mis cuadernos toda clase de pesimismos:
«Me da miedo flanquear esa puerta que me lleva hacia el futuro».
«Acaso morirán mis personajes si la universidad es un infierno».
«Lo he sentido. Otra vez. Esa certeza de que el futuro se abalanza sobre mí y es imparable. No es la sensación del año pasado de algo sombrío. Para nada. Es vertiginoso, rápido, lleno de sentimientos encontrados, de rostros borrosos y letras quemadas.
»Todo en un lugar que no es mi hogar. Al fin y al cabo, no puede llevarme mi casa, mi familia o mis amigos, ni tan siquiera gran parte de mis pertenencias. Sólo me tengo a mí y a mis historias. Echaré de menos la sensación de tranquilidad, de estar resguardada y a salvo. Allí voy a buscar un hogar que tal vez no voy a encontrar. Por favor, destino, protégeme siempre».
Fui a Oviedo con mi corazón encogido, pensando que me perdería el primer día, que nadie me hablaría, que no encontraría nada y que todo sería un desastre. Por suerte, mi pesimismo era eso, pesimismo, no un oscuro realismo. Me di cuenta de que todos los demás estaban exactamente igual que yo: expectantes, nerviosos, atemorizados. Mis compañeros de la residencia me ayudaron a ubicarme, ofreciéndome información útil que para ellos ya era harto conocida.
En clase no tuve que esforzarme mucho por entablar amistad: comienzas preguntando de dónde eres y acabas hablando del tema más importante de tu existencia. Se fueron fraguando amistades, se fue consolidando el grupo y al final parece que cuando vuelvo a Cantabria la mitad de mi mundo se ha quedado allí, con esos geniales filólogos potenciales, con todos los estudiantes del campus de humanidades.
Debería dar algunos consejos, tal vez para que los futuros universitarios se tranquilicen. Yo lo habría agradecido:
Si tienes cualquier duda, sea donde sea, sea de lo que sea, no tengas miedo a preguntar. El primer día que tuve que ir a la biblioteca de psicología a por un libro de lingüística no sabía ni dónde estaba. Después de pasear por las calles mojadas, observando a los ovetenses, tuve que preguntar a unos estudiantes de aquella facultad. Los recuerdo con gratitud, pues me llevaron hasta la puerta de la biblioteca y me desearon suerte en mi búsqueda. Pregunté, obtuve respuesta, conseguí solucionar el problema.
Estudia día a día…¡no me digas que te lo han repetido muchas veces! Va en serio: te quitará agobios al final del semestre, hazme caso. No te desesperes si no entiendes cosas: pide ayuda. Siempre hay alguien dispuesto a colaborar. Si suspendes, no abandones. Te contaré un secreto: el dinero no da la felicidad, y las notas tampoco. Que muchos ocultan esta verdad, lo sé, que es difícil de creer para algunos, también. Solamente tienes que esforzarte, esforzarte en serio, y si has hecho todo lo que has podido y ese es el resultado…volverlo a intentar.
Aunque seas de personalidad introvertida, habla con la gente. Ellos siempre te reciben con una sonrisa, contestan a tus preguntas, calman miedos, te hacen reír. El paso por la universidad marca bien la personalidad: hay situaciones a las que hace un año no me podría enfrentar, ante las cuales ahora estoy preparada.
Ama lo que haces. Llamadme loca, pero me motivaba cada vez que el profesor de lingüística planteaba un problema no resuelto, o cuando el de literatura hispanoamericana nos hablaba de las vidas azarosas de muchos escritores. Me gusta mi carrera, estoy a gusto con las asignaturas: creo que estudiar lo que quieres es lo mejor. Así podrás perseguir tus sueños. Alcanzar tus deseos.
No me arrepiento de haberme ido de casa. He descubierto que el mundo exterior también está lleno de personas maravillosas, y la universidad me ha brindado la oportunidad de adentrarme en terrenos del conocimiento que ni tan siquiera sabía que existían. Ha impulsado incluso mi creatividad, una de las cosas que más temía perder. Pero, ante todo, ha conseguido que siga madurando y me pueda enfrentar firmemente a la vida.

No te voy a decir que deseches el nerviosismo: seguramente, como yo, no lo conseguirás. Pero sí te digo que ese futuro que se abre ante ti lo puedes aprovechar. Pueden ser los mejores años de tu vida, así que no temas. Encontrarás una segunda familia allá donde vayas y comprenderás que el hogar no es una casa: es una persona especial.

4 jun. 2013

Las notas no lo son todo en la vida (opinión)

NOTA: Esto fue un «paréntesis» para una «filóloga pontencial» (¡no reprimida!) que escribí el año pasado. Ella sabe quién es. Mando saludos. Mis opiniones en este tema no han cambiado desde entonces: se lo quiero dedicar a todos aquellos que se enfrentan a la PAU, a recuperaciones o…a cualquier tipo de examen.

En esta sociedad tan competitiva parece que lo único importante es el dinero: «Compra, compra para ser feliz (jeje, pringado, ¡es mentira! Solamente queremos tu pasta)» o «¿Qué tengo que hacer para vivir? Estudiar, trabajar, trabajar para vivir, para tener dinero, poseer capital para poder sobrevivir, perder mi vida entre días de estrés y miedo para tener euros, morir sin haberme atrevido a vivir».
Gracias a los dioses, a un iluminado se le ocurrió sentenciar que «el dinero no da la felicidad». Tenemos este problema resuelto. Pero déjame llevar ahora este ejemplo a otro lugar.
El instituto, o la universidad, es una microsociedad donde a veces parece que las notas son lo único que cuenta, junto con la popularidad. Déjame ser la inspirada aquí y decir que «las notas no lo son todo en la vida».
Sé que un 10 puede hacerte bailar de alegría, o un 0 tirarte desde el acantilado más alto, donde parece que la luz desaparece y solamente reinan las tinieblas. Sé que creer ver la defraudación en los ojos de tus profesores, padres o compañeros es como un navajazo en tu alma, y ver su felicidad ante tu trabajo un bálsamo curativo.
Llegados a este punto, veo varios problemas. El primero, que las notas se comportan como el dinero: con mucho puedes llegar alto, pero también ser infeliz. La felicidad, al fin y al cabo, no depende de ello.
En segundo lugar, que considero totalmente ilegítimo que alguien, por poderoso que sea, por mucho que lo quieras, decida ponerte un listón a una altura difícil, inalcanzable o imposible. No es justo tener que superar, además de nuestros propios retos, los que otros han decidido por nosotros.
Y hay algo curioso aquí: las personas nos equivocamos al juzgar. El gran Bécquer fue rechazado en su época, mientras ahora todos lo tenemos que estudiar como un escritor de prestigio. El ámbito académico es algo tan impreciso para saber si alguien es un genio como…un ladrillo. A ver, ladrillo, dime, ¿este alumno llegará a algún lugar? ¿Debemos desmotivarlo por el camino? Podemos decirle que los exámenes serán imposible para que abandone. ¿Lo hacemos?
Y el ladrillo, si tuviera ojo crítico, diría que con desmotivación y amenazas nada funciona, y que no se puede saber el futuro de alguien por un examen. Así que, antes de pasar a la tercera cuestión, recuerda esto: nadie puede ver tu alma ni tu ser entero, ni tan siquiera las potencialidades que posees, ni tus ideas magníficas ni malévolas, por lo que nadie, absolutamente nadie, debería agobiarte con sus juicios parciales.
Tercer problema: vale que las notas determinan el futuro (las de la PAU para entrar en determinada carrera, las de la universidad para conseguir determinadas becas) pero existen cosas el triple de importantes. Justicia, igualdad y tolerancia como derechos a conseguir; motivaciones, sueños y anhelos por los que luchar; entusiasmo, amor y alegría como sentimiento sublimes.
Y las personas. No te puedes olvidar de las personas. Incluso cuando parece que el universo entero de ha dejado de lado, hay alguien que desearía consolarte y compartir su tiempo contigo. Alguien que en algún momento balanceará tu alma entre sus manos y a quien se le iluminarán los ojos al verte sonreír.

Hazme caso. Los estudios son importantes, pero no lo son todo en la vida. Deberías sentir orgullo por ser la persona que eres. Si te has esforzado, tu conciencia debería estar tranquila. Sé valiente. Sé feliz.

PD. La PAU no es tan difícil como la pintan, si estudias apruebas :)

3 may. 2013

No somos números (opinión)


No somos números. Somos personas.
La primera vez que lo dije noté esa sensación de injusticia que de vez en cuando me visita. Repetí la oración en voz alta en mi habitación, mirando el periódico. Me imaginé que si hubiera habido alguien a mi lado me habría mirado con una cara realmente extraña. Tal vez la que tienes ahora.
En mi cuarto le añadí teatralidad, un tono glaciar, pero aquello fue a parar a la nada. Supongo que hoy estás leyendo esto porque quiere remediar mi error. Quiero que nos demos cuenta de un problema que llevamos arrastrando demasiado tiempo.
El ser humano tiende a simplificarlo todo. Corre y busca cualquier noticia si no me crees. No hablan de personas, hablan de cifras, de dinero, de popularidad. No importan las vidas. Da igual si dicen que «x despedirá a 100 trabajadores», o si afirman que «el huracán dejó a miles de familias sin hogar», «hay x miles de presos de conciencia en el mundo», «allí te matarían por ser diferente, como a los cientos de personas que han asesinado», «repatriaron a x inmigrantes». No ves personas, ves números.
Saltan de historia en historia sin observar a los personajes, sin respirar el aire que los rodea, sin adentrarse en su corazón para comprender sus miedos o alegrías. Informan como si todos los problemas y felicidades se situaran en un lugar lejano poblado de gente extraña. Y nosotros, desde el sofá, lo comentamos como si viéramos una simple película. ¿Qué hacemos, realmente? Repetir entre dientes cifras, cambiar de canal porque, bah, ¿qué más te da todo eso? ¿Vamos a llorar o reír por unos simbolitos matemáticos?
Pues sí, deberíamos, sí. Porque hay personas que, sin trabajo, deben abandonar sus sueños; que sin casa duermen bajo las estrellas; gente que ve su vida pasar en una celda por el simple hecho de haber dicho la verdad; que mueren a manos de unos intolerantes, perdidos en una memoria que no es de nadie; que terminan con sus esperanzas de comenzar una vida mejor.
Una vida, una simple vida debería importar más que todo el oro del mundo. La libertad para elegir, el universo. Una mano que se tienda para ayudar, es algo incalculable.
Por favor, recuérdalo. No somos números. Somos seres humanos que sienten, piensan, juegan, lloran, ríen. Y se quedan de brazos cruzados.

14 mar. 2013

Estudio del ámbito familiar en familias con hijos adolescentes...o cómo me toca las narices ver padres con la inteligencia emocional de un ladrillo (opinión y humor)



 NOTITA IMPORTANTE
A veces ocurre, lector, que te encuentras ante una situación tan insultante para la inteligencia emocional humana que en vez de seguir tu ética e idiosincrasia te sulfuras y comienzas a despotricar con barbaridades. Bueno, digamos que en cierta ocasión eso me ocurrió a mí, y me gané a un enemigo que bien podría ser un ladrillo. Con esta palabra me refiero a aquellas personas carentes de la inteligencia emocional, pero no en un sentido psicológico (es el caso de los caracterizados como psicópatas) sino en el sentido de aquellos humanos con los que te cruzas todos los días y no sabes por qué actúan de esa manera tan fatal para los que lo rodean o aman. Vaya, de los caracterizados como capullos. Para mí son simplemente ladrillos.
Así que no tengas en cuenta ese humor tan negro que a continuación leerás, todo ese sarcasmo, ironía y palabras hirientes por las que me gané cierta enemistad. Si lo estás leyendo, hay un 99% de posibilidades de que esto no vaya contigo. Tómatelo con calma, léelo tranquilo o te pondrás furioso, y deja de leer si no te gustan algunas palabras malsonantes. Relajación y paz ante todo. Lo publico porque espero que en nuestro país quede cierta libertad de expresión. Me disculpo por lo que vas a leer, y a la vez no. Es que la persona a la que dirigí este escrito lo necesitaba de verdad. Creo.
No tengo ni idea de psicología aparte de lo que he podido observar en mis años de existencia. Esto no pretende ser un estudio serio ni un ejemplo a seguir. Es simplemente una manera de quitarme un peso de encima. Por suerte mis padres molan, pero conozco  a otros que…miradlos en la foto. Pues eso.
Las críticas que se queden fuera, porque es un texto literario humorístico, no NADA SERIO. Repito. Va en serio. Va en serio que no es serio. En serio.

INTRODUCCIÓN
La adolescencia es una etapa por la que pasa todo ser humano. Se caracteriza por ser conocida como “la edad del pavo”, en la que los sujetos muestran normalmente un inconformismo con lo establecido (se alejan de la realidad paterna para crearse una propia), con cambios tanto psíquicos como físicos.
Seguramente es el tiempo del que los padres se quejan más, caracterizando a sus hijos como “una hormona andante indomable”. He aquí la primera falacia de generalización. Cada persona presenta los típicos problemas de la adolescencia en distintos grados. Podemos encontrar tanto adolescentes completamente salidos como personas tranquilas y racionales.
¿Y qué quiero decir yo con todo esto? Lo resumo: padres, no os quejéis por tener un hijo adolescente, que con inteligencia se los controla fácil. Eso sí, si os equivocáis es que tenéis la inteligencia emocional de un…¡ladrillo!
 (La autora no se hace cargo de las protestas y argumentaciones estúpidas que se levanten de leer este texto. No es una loca descerebrada. Solo está cabreada).

1. LA AUTORIDAD NO LO ES TODO
Típico fallo de padres autoritarios: pensar que sus hijos están en un cuartel militar. Nada más lejos de la realidad. Con una pizca de autoridad se puede conseguir que el adolescente te haga caso, pero no debe ser nula ni excesiva. En el primer caso, el sujeto pasará de cualquier norma que se le establezca. En el segundo hay muchas más reacciones, por lo que debe ser estudiado a fondo.
Atendiendo a los casos en los que la autoridad es aplastante, puedo afirmar que los sujetos tienen varias formas de defenderse. La primera es desligarse emocionalmente de los padres (al no recibir amor ni compensación por sus acciones rechazan a su familia y poseen el deseo de abandonar el hogar cuanto antes, ya que sienten que las personas del exterior les comprenden mejor). La segunda puede ser un auténtico caos: discusiones continuas provocadas por la más mínima chispa, rechazo ante todas las tradiciones, costumbres o normas establecidas por la susodicha autoridad, búsqueda de la libertad con escapadas continuas. La tercera es acostumbrarse y pasar del tema, no al alcance de todos y que puede conllevar cansancio psíquico. La cuarta y última es caer en depresiones o enfermedades relacionadas con el autoestima personal (crece con rapidez la anorexia entre adolescentes).

1.1.  TIPOS DE AUTORIDAD
Atendiendo a la naturaleza de la autoridad, se pueden diferenciar dos:
Primera: autoridad racional y lógica, que permite ser discutida, argumentada, defendida y atacada, en un diálogo constante entre progenitor e hijo. Ejemplo: el padre (llamémosle X) le manda a su hijo (Y) apagar la música y el sujeto se niega rotundamente.  Y pregunta a X el por qué de tal mandato, y X contesta que le duele la cabeza pero más tarde cuando se le pase o ahora con los cascos puede seguir escuchando la música. Lo que parecía el comienzo de una discusión entre autoridad y subordinado se convierte en un apaciguamiento exitoso, ya que ha ofrecido razonamientos y la lógica de la situación es correcta.
Segunda: irracional e ilógica, no permisiva, no argumentable ni rechazable. X le manda a Y que apague la música y el sujeto se niega. Y pregunta por qué debe hacer tal cosa. X le dice que se calle y la apague sí o sí, porque sí. Hay dos salidas posibles: querer seguir con la música y entrar en discusión (que no va a ser tal porque X no va a ceder en ningún momento ni a argumentar de forma válida) o apagar la música y obedecer sin saber el por qué (peligroso hacerlo en el futuro).
La segunda autoridad no podrá ser entendida por un observador externo de cierta madurez mental (por un niño de tres años en la etapa de la negación tampoco, pero es un tema aparte).
Para que mi argumento resulte creíble, tengo aquí un estudio de Baumrind que refleja la relación entre los tres tipos de autoridad y el carácter de los hijos:
"Los padres permisivos son afectuosos y razonan con sus hijos, pero son excesivamente condescendientes, no controlando ni exigiendo demasiado de ellos. Estos tienden a ser menos competentes, menos seguros de sí mismos y más dependientes." (Falta de autoridad paterna)
"Los padres autoritarios ejercen un alto control, exigen obediencia y no muestran mucho apego. Los hijos de estos padres suelen ser hostiles, descontentos, retraídos y desconfiados." (Autoridad irracional)
"Los padres autoritativos combinan el control y la exigencia con las muestras de afecto y la comunicación. Los hijos tienden a ser seguros de sí mismos, controlados y autónomos." (Autoridad racional)
Y así queda demostrado que mis conclusiones son correctas, aunque no tenga ni idea de psicología.

2. ESTRAGOS DE LA MALA AUTORIDAD (Irracional)
Pingüinos aburridos, criaturas del mundo, lectores todos, tengo un problema con la autoridad estúpida. La autoridad que priva de libertad a los futuros adultos, que convierte una casa en una cárcel, que consigue hacer creer a los adolescentes que son menos que una hormiga. Y, ¿qué por qué me molesta tanto? Porque la adolescencia es una etapa en la que se necesita libertad.
Según muchos psicólogos, la adolescencia es una reafirmación importante de la personalidad, donde queda plenamente consolidada. Procesos relacionados a este son la autoimagen y la autoestima. Según mi punto de vista el autoritarismo familiar conlleva en muchos casos un obstáculo para que el sujeto desarrolle una autoestima elevada, importante a la hora de valorarse a sí mismo y tener relaciones con los demás.
La privación de la libertad en temas básicos, como pueden ser las amistades, elegir la música que se escucha o la ropa que se lleva es también contraproducente. El adolescente busca su propio camino separándose de los padres, y los que estos deben hacer es aconsejarlo pero dejarle elegir a él. Durante la adolescencia es común el deseo de pertenecer a algún grupo con el que se pueda identificar (tribus urbanas, modas, etc) y que forman parte de la generación de la futura personalidad.
Por lo tanto, los padres que impiden a su hijo manifestarse como es están limitando su derecho a la libertad personal, fundamental en el desarrollo pleno del ser humano. Llegados a este punto, pregunto:
¿POR QUÉ, PADRECITOS DEL MUNDO, QUERÉIS QUE VUESTROS HIJOS SEAN IGUALES A VOSOTROS? ¿QUERÉIS CLONES O QUERÉIS GENTE AUTÉNTICA, EH?
Aceptar sin rechistar la moralidad predeterminada de la autoridad trae consigo problemas. No se crea una personalidad real, sino una personalidad-imagen, que imita todo lo que realiza sus padres para no ser castigado. ¡Cacahuete!
Otra cosa sobre la autoridad estúpida (se permiten insultos porque esto no es un estudio serio sobre nada): pérdida de la comunicación con los padres. Cuando crees que si abres la boca tu padre o madre ya te va a soltar un guantazo o a denigrarte te callas, y aguantas, aguantas hasta que ves que los barrotes de tu jaula se han abierto y huyes para no volver la vista atrás jamás. Se lo merecen por ser ladrillos.
Las agresiones verbales y físicas dificultan también la comunicación familiar y el autoestima (ya, no sé si es “la” o “el”, pues ahora es una palabra transgénero, ¿vale?). Nunca oirás una conversación así:
-¡Hijo, aparta de una puta vez de ahí!
-Papá, mamá, os quiero.
-¡Ya intentas apaciguarme, bestia idiota!
-Pero si es la verdad…
-¡Cállate, hijo de perra!
-Acabas de insultar a mamá
-¡No me hables!

¿Qué estaba diciendo yo…?
Una autoridad idiota consigue tres cosas:
  1. Odio
  2. Odio
  3. Odio 
3. DE CASTIGOS Y PREMIOS
Padres, ¿oísteis algo sobre el condicionamiento clásico de Paulov? ¿Castigo y recompensa? Pues los humanos no somos perros.
Castigar cuando alguien hace algo mal está bien. Pero está bien si lo hace mal a propósito, no si ha intentado hacerlo con todas sus fuerzas y lo hace mal. Eso no debería ser castigado, porque en la mente resplandece el mensaje erróneo de “si lo intento y no lo consigo, no sirvo para nada”.
Recompensar cuando se hace algo bien está bien. Pero casi nadie recompensa. Sacas un diez y no te aplauden. Rompes sin querer un jarrón y te dejan sin cenar. ESTUPIDEZ MÁXIMA.
A los humanos nos encanta que nos halaguen, premien y recompensen. Es una palmadita en el hombro diciéndote “bien hecho, campeón”. Cuando crees que has hecho algo perfecto y lo que te espera es la nada, tal vez a la próxima vez te de igual hacerlo bien o mal, porque el esfuerzo no ha valido la pena. Cuando te castigan por cualquier cosa, tal vez ya te da igual liarla aún más parda, porque sabes que hagas lo que hagas vas a  recibir un castigo. Los castigos y premios deben ser racionales y estar relacionados con el tipo de personalidad, el estado anímico y el resultado de la acción. Sé que nadie me va a hacer caso, peeeeeeeeeeeeeeeeero la autoridad no va a conseguir que saques mejores notas o consigas un buen trabajo. Lo que consigue es que te consideres un desafortunado hombrecillo o mujercilla.

Después de un análisis cómico-oficial de todo esto (si no escribo idioteces me cabreo aún más) me toca la parte poética (para algunos, antiguas letras en griego indescifrables).
¿Qué ocurre sin encarcelas a un pajarito? Adiós a su libertad.
¿Pero si haces lo mismo con un humano? Adiós personalidad.
Lo más valioso que poseemos es nuestra libertad. Por eso, legalmente cuando arrebatas la vida a otro ser humanos, o sus bienes, te privan de la libertad. Obviamente no puedo comparar la libertad que tiene un preso en la cárcel con la de un adolescente en una casa autoritaria, pero me permitiré el lujo de hacer una metáfora.
Cuando llegas a una casa en la que tus padres te hieren emocionalmente, prefieres volver al colegio. Los estudios se convierten en un rayo de sol dentro de las tinieblas, donde conoces a personas que están casi más perdidas que tú. Volver al hogar es entrar en una zona tormentosa llena de rayos y truenos, donde mirar al futuro es ver un nubarrón negro, y mirar al pasado es una niebla que no te atreves a recordar.
Habrá personas con más aguante que otras, pero ninguna pasa por allí sin marcas en el alma. No poder confiar en las personas que te trajeron al mundo es una maldición, y tener que soportarlas todos los días una tortura.
Las buenas nuevas del asunto es que no todos los padres son así. Hay grados, y por suerte no suele haber casos extremos. Siempre se puede salir de esas situaciones en un futuro cercano, para gozar de la libertad que había sido privada y ver la vida con otros ojos. Y se puede recompensar a sus padres-ladrillo de una forma simple: no llamándolos por navidad.

En fin, digamos NO a los padres autoritarios sin sentido y demos gracias a Zeus porque no son una especie de humanos muy extendida. A más de uno le tiraría un ladrillazo. Me aguanto porque soy mayor de edad y yo y mi libertad nos queremos mucho.

Sar (Austen de apellido) no piensa resposabilizarse de lo que ha escrito. ¡Todo es culpa de Melo! (No sé por qué, pero me da igual, ahí tenéis una culpable, y como le toquéis un pelo va a mandar a su ejército de pingüinos contra vosotros. HE DICHO).

11 ene. 2013

Siempre he sabido que las palabras son mis aliadas (discurso)


Este discurso lo escribí el año pasado, para despedirme del instituto en el que estuve durante 6 años. Realmente lo subo porque hay gente que me lo ha pedido. Espero que os guste. ¡Suerte!

Siempre he sabido que las palabras son mis aliadas, pues puedo expresarme con ellas mucho mejor que con cualquier otro método. Pero también sé que hay sensaciones que las palabras no abarcan y creo que lo que hemos vivido en este instituto es una de esas sensaciones.
Aun recuerdo cuando llegamos aquí, hace ya seis años. Por aquel entonces la magia rondaba nuestras mentes, y seguíamos jugando como los niños que éramos. Pero pronto se instaló el entusiasmo y el nerviosismo en nuestros corazones. Entusiasmo por la esperanza de descubrir un mundo nuevo, a al vez tan lejos y tan cerca de la fantasía, el mundo de los adultos que lo llamábamos.
 Nerviosismo por la certeza de que cambiarían nuestras vidas, de algún modo. El instituto abrió esa nueva y reluciente etapa en la que se pasa de la niñez a la adolescencia. Algo luminoso.
Personalmente, creo que en primero de la ESO aun éramos niños que ignoraban los secretos del mundo. Nuestros profesores nos abrieron puertas en todas direcciones: nuevos idiomas, nuevas ciencias, nuevas sabidurías. Empezamos estudiando con juegos y acertijos. Luego el asunto se volvió algo más serio, pero no demasiado. Aquí existe una conexión entre alumnos y profesores que enriquecen a los dos por igual, y quita hierro a cualquier asunto.
Recuerdo el entusiasmo de los profesores de biología enseñándonos la belleza de la naturaleza, los de historia haciéndonos viajar al pasado, los de idiomas aportándonos herramientas para el futuro…cada uno era arrastrado por la fuerza de una parte de su materia, y a veces lo explican con tanta pasión que te hacen creer que lo misterioso y lo bello se encuentra a nuestro alrededor, y que no somos capaces de verlo.
Entre clases, excursiones, actividades y viajes empezamos a tomar decisiones importantes. Una de ellas fue comenzar a dirigir nuestros pasos hacia lo que queremos ser en un futuro. Tal vez no éramos conscientes, pero las materias que íbamos escogiendo tendrían una repercusión que ya era completamente visible en bachillerato. Bachillerato tecnológico, de ciencias de la salud, de sociales o humanidades. Todos hemos tenido que ir por nuestro camino, y creo que encontraremos nuestro sendero a la felicidad.
Tal vez las clases se olvidan, los conocimientos se pierden en el fondo de la memoria, pero hay recuerdos tan resplandecientes que es difícil pasar por alto. Los momentos de risas y de sufrimientos, la experiencia que vivimos con otras personas, la sensación de pertenecer a una organización que es algo más que un edificio donde se imparten clases.
Siempre me dijeron que cuando abandonara el instituto me entristecería. Siempre lo negué. Ahora me doy cuenta de que no se referían al edificio en sí, sino a todas esas cosas inmateriales que dejas atrás cuando te vas. No, no voy a echar de menos esos muros, ni esos libros. Voy a echar de menos a las personas que han hecho posible que hoy esté aquí dando ese discurso, que me han apoyado en todo momento, que están cuando lo necesitas, más allá del ámbito académico. A todos los profesores que me han mostrado fragmentos de la realidad, a los amigos que me han prestado su hombro y han llenado mi tiempo libre de bromas, incluso al personal que fotocopia en conserjería o que limpia. Y la participación de los padres, que aportan energía, material y llenan salas.
Todos han formado parte de una etapa de mi vida, y eso es algo que nunca, jamás, voy a olvidar. Gracias a todos por haber sido parte de esta aventura. Nos veremos en el futuro, en algún lugar, tal vez dentro de unos días, o tal vez dentro de una eternidad.