11 ene. 2013

Siempre he sabido que las palabras son mis aliadas (discurso)


Este discurso lo escribí el año pasado, para despedirme del instituto en el que estuve durante 6 años. Realmente lo subo porque hay gente que me lo ha pedido. Espero que os guste. ¡Suerte!

Siempre he sabido que las palabras son mis aliadas, pues puedo expresarme con ellas mucho mejor que con cualquier otro método. Pero también sé que hay sensaciones que las palabras no abarcan y creo que lo que hemos vivido en este instituto es una de esas sensaciones.
Aun recuerdo cuando llegamos aquí, hace ya seis años. Por aquel entonces la magia rondaba nuestras mentes, y seguíamos jugando como los niños que éramos. Pero pronto se instaló el entusiasmo y el nerviosismo en nuestros corazones. Entusiasmo por la esperanza de descubrir un mundo nuevo, a al vez tan lejos y tan cerca de la fantasía, el mundo de los adultos que lo llamábamos.
 Nerviosismo por la certeza de que cambiarían nuestras vidas, de algún modo. El instituto abrió esa nueva y reluciente etapa en la que se pasa de la niñez a la adolescencia. Algo luminoso.
Personalmente, creo que en primero de la ESO aun éramos niños que ignoraban los secretos del mundo. Nuestros profesores nos abrieron puertas en todas direcciones: nuevos idiomas, nuevas ciencias, nuevas sabidurías. Empezamos estudiando con juegos y acertijos. Luego el asunto se volvió algo más serio, pero no demasiado. Aquí existe una conexión entre alumnos y profesores que enriquecen a los dos por igual, y quita hierro a cualquier asunto.
Recuerdo el entusiasmo de los profesores de biología enseñándonos la belleza de la naturaleza, los de historia haciéndonos viajar al pasado, los de idiomas aportándonos herramientas para el futuro…cada uno era arrastrado por la fuerza de una parte de su materia, y a veces lo explican con tanta pasión que te hacen creer que lo misterioso y lo bello se encuentra a nuestro alrededor, y que no somos capaces de verlo.
Entre clases, excursiones, actividades y viajes empezamos a tomar decisiones importantes. Una de ellas fue comenzar a dirigir nuestros pasos hacia lo que queremos ser en un futuro. Tal vez no éramos conscientes, pero las materias que íbamos escogiendo tendrían una repercusión que ya era completamente visible en bachillerato. Bachillerato tecnológico, de ciencias de la salud, de sociales o humanidades. Todos hemos tenido que ir por nuestro camino, y creo que encontraremos nuestro sendero a la felicidad.
Tal vez las clases se olvidan, los conocimientos se pierden en el fondo de la memoria, pero hay recuerdos tan resplandecientes que es difícil pasar por alto. Los momentos de risas y de sufrimientos, la experiencia que vivimos con otras personas, la sensación de pertenecer a una organización que es algo más que un edificio donde se imparten clases.
Siempre me dijeron que cuando abandonara el instituto me entristecería. Siempre lo negué. Ahora me doy cuenta de que no se referían al edificio en sí, sino a todas esas cosas inmateriales que dejas atrás cuando te vas. No, no voy a echar de menos esos muros, ni esos libros. Voy a echar de menos a las personas que han hecho posible que hoy esté aquí dando ese discurso, que me han apoyado en todo momento, que están cuando lo necesitas, más allá del ámbito académico. A todos los profesores que me han mostrado fragmentos de la realidad, a los amigos que me han prestado su hombro y han llenado mi tiempo libre de bromas, incluso al personal que fotocopia en conserjería o que limpia. Y la participación de los padres, que aportan energía, material y llenan salas.
Todos han formado parte de una etapa de mi vida, y eso es algo que nunca, jamás, voy a olvidar. Gracias a todos por haber sido parte de esta aventura. Nos veremos en el futuro, en algún lugar, tal vez dentro de unos días, o tal vez dentro de una eternidad.