2 sept. 2013

Romance platónico veraniego fallido en tres movimientos

NOTITA: Lo que le falta a este blog es esa pastelosidad no demasiado propia de mí. Antes de vomitar arcoiris, cerrad la página. Hace tiempo que lo escribí, y que nadie se dé por aludido. Fin.

I.       Esperanza
Hoy los astros se han alineado a mi favor. Han creado un sendero de luz sólo para mí. La vida ya no es un vacío, un hueco. Irradia algo inefable, tal vez entusiasmo, esperanza, el inicio de una gran aventura.
He vuelto a sentir la compañía de otras personas, he visto la verdad reflejada en sus ojos y por una vez esa mirada penetrante ha ido acompañada de palabras. Es el premio que he recibido por dar un paso, un pasito pequeño y acobardado, que quería de todos modos llegar al final de su recorrido.
¿Que si me aprecia? Y yo qué sé. Eso sólo me lo va a decir el tiempo, o tal vez sus escritos. Me gustaría poder encontrar en ellos a mi persona, pues en los míos ya aparece ella. Quiero apropiarme de ese corazón que escribe tan bella prosa, y yo a cambio le entregaré mi alma. Entonces, tal vez, estaré segura de que me ama.
¿Que si estoy loca? Te equivocas. No hay locura en intentar creer que tus sueños pueden volverse realidad. Que por fin te encontré, personita, que podré perderme entre tus cabellos, que podré abrazarte, sentir tu calor y velar tus sueños. No hay nada extraño en eso. Tal vez algo doloroso si descubro que no eres quien creo.
¿Que qué espero? Sólo que me sepa aceptar. Que llegue a comprender retazos de mi existencia, que sonría al verme feliz y no sufra demasiado al verme llorar. Espero sentir sus labios, espero un mañana en el que su alma esté conmigo siempre.
¿Que qué creo que pasará? Que pasará, que me olvidará, que la olvidaré y volveré a mi pesimismo taciturno de siempre. Y, por lo menos, tendré la certeza de que lo intenté, de que no fui cobarde como siempre sino que supe sacar las fuerzas que no tengo para decirle «te quiero».

II. Dudas
Aunque al ver tu sonrisa por los pasillos me siente bien, aunque ahora odie Cantabria por no estar tú aquí, aunque mis sueños giren alrededor de ti, aún así, ya siento que te perdí.
Y tengo miedo, no lo niego, de descubrir que me confundí leyendo tu mirada y que de mí no quieres nada. Ya me siento desolada por investigar, por comprobar que una vez a un hombre le entregaste tu corazón y que tal vez no te lo devolvió. Ya estoy sufriendo por adelantado, como una idiota, por si no puedes amar a otra mujer. ¿Pero qué puedo hacer?
Puedo intentar ganarme tu confianza y amistad, puedo entonces preguntarte cosas que tardaré un año en pronunciar, puedo declararme, puedo caerme en un pozo del que espero que me sacarás.
Pero lo veo difícil, inútiles los intentos, vagas las posibilidades. ¿Por qué, por qué me tuviste que mirar, por qué yo también te observé, por qué me adelanté yo a saludarte con una excusa falsa, por qué abandoné el grupo para seguirte, por qué me encontraste, por qué te respondí a su vez?
Ya he descubierto que te amo sin conocerte. Por todos los dioses, hace poco que hablé contigo y ya estoy así. No quepo en mí. Deberías ver mi amor en mis ojos, ¿no dices que no hacen falta las palabras? Tú que tan bien conoces el poder de ellas, sólo necesito que me digas dos para dejar de sufrir, para poder volver a vivir. Acaso tres, si la oración es negativa, que aunque dolerá el tiempo lo curará.
Ay, tú, amada, que nunca llegarás a leer esto. Tal vez yo ni siquiera lo intente. Haz un esfuerzo, por favor, y déjame las cosas claras. Envíame alguna de tus palabras.

III. El final
«Mientras el corazón y la cabeza batallando prosigan, mientras haya esperanzas y recuerdos, ¡habrá poesía!» dijo Bécquer ya tiempo atrás.
Pues no lo niego, pero afirmo que eso algo duele. ¿Que por qué digo eso? Escucha. Tenía una esperanza firme puesta en alguien (ahí estaba mi corazón) mientras mi maldita razón (ahí la cabeza) susurraba que para ella no había solución (y no la hubo).
Ah, delicada fue como una brisa, sin querer dañarme. Y lo que me dijo, realmente, dolerme no me dolió. Pero sí la certeza que luego me asoló. Que Fir es la única que estará conmigo siempre y que a ningún lugar va mi vida demente.
«¡Tiempo al tiempo!» repite Urano.
«¡Tiene razón!» ella corroboró.
Ah, malditas almas, desperdicio mi vida esperando, a ratos buscando personas inexistentes que vagan por mi mente.
«¡Para Sar!» me dijo Fir.
«¡Idiota Sar» el inquilino debió de decir.
¿Y qué hago yo?
Tralará, tralará, tralará.
Me escondo.
Corro.
Huyo.
Miro alrededor.
Desaparezco.
No, ella no mintió. Sabe interpretar las miradas y ver la verdad. Fui yo la que se equivocó. Azeus.