24 nov. 2013

Corridas de toros, ¿arte o cultura? o Cómo me toca la moral ver animales que disfrutan viendo cómo uno de los suyos hace sufrir a otro animal (opinión y humor)

NOTITA IMPORTANTE: Como estoy segura de que si un taurino lee este texto no va a dejar de ver las corridas de toros, prefiero votar democráticamente conmigo misma y decidir que va a ser un texto serio-humorístico/racional-irreverente. Porque este es mi blog, ¿no? Y en mi blog hay una democracia…*tose* sar *tose* aus *tose* ten *tose* cracia *tose*…que ha decidido que sea así. Así que avisados quedáis. Así que si no estás de humor para aguantar humor (valga la redundancia) negro y sarcasmo, mejor no sigas. Que, por cierto, ser antitaurino no es estar en contra de los tauros (jamones voy a estar yo en contra de mí misma). Es estar en contra de las corridas de toros. ¿Eh?

Si mi gata pudiera reflexionar ante algunas imágenes que salen en la televisión pública (mírala que mona ella. Entiéndase mona como linda, no como mona-mona), pondría cara de pena y nos odiaría. Seguramente pensaría algo así:
«Qué crueles sois los humanos. En esta fiesta de sangre, el animal “superior” utiliza sus artimañas para hacer sufrir al “inferior”, para que sus cuerpos se manchen de pura sangre roja, para que los espectadores aplaudan la bestialidad de un animal que en algún momento olvidó su origen y se creyó mejor que todos los demás».
Gracias a Zeus, Morgan solamente ve la televisión cuando oye ruidos muy extraños (aquellos que salen de vez en cuando en Juego de Tronos, ya me entendéis) o cuando yo la veo (en realidad en esas ocasiones duerme encima de mí. Tal vez sueña con la televisión, ¿o qué?).
Las crónicas taurinas, como sabréis, nunca señalarán la crueldad de los toreros. No, lo que hacen es ensalzar una tradición centenaria en la que el hombre demuestra su maestría ante la bestia, la valentía del humano frente al miedo de la madre naturaleza, la…voy a cortar el rollo. Escribir este párrafo me levanta casi dolor de cabeza.
Para mí, las corridas de toros representan una vergüenza de la que todos deberíamos arrepentirnos. Para mí, solamente muestra que los humanos seguimos siendo igual de intolerantes que siempre ante cualquier ser inferior en cualquier aspecto, ante todo aquello que creemos controlar, dominar. Demuestra el orgullo que tenemos por creer que el mundo es solamente nuestro, el orgullo infantil de creer que no hay nadie mejor.
Bueno, estas reflexiones mías se remontan a un viaje que hice a Granada. Paseando por la ciudad encontré un graffiti en el que ponía algo como «basta de especismo». Ni tan siquiera mi Word reconoce esta palabra. Yo al principio tampoco lo entendí, llegué a poder separar simplemente los lexemas. Supuse que tenía que ver con «especie». Ni tan siquiera la RAE me pudo sacar de dudas, no recoge la palabra. Tuve que acudir a Wikipedia. Gracias, querida.
Para quien no lo sepa, el especismo es discriminar a las demás especies animales. El antropocentrismo, palabra mucho más conocida, es especismo. Creer que no hay extraterrestres, o que nosotros somos mucho mejores que ellos, es especismo. Las películas de ciencia-ficción con extraterrestres feos e inhumanos (qué termino tan desafortunado y antropocentrista acabo de utilizar, rayos) son especismo. Y, por lo tanto, maltratar a los toros también es especismo. ¿Lo estoy dejando claro?
El sadismo que se manifiesta con esta práctica me parece una mera desviación del orgullo de ser humano, lo que vendría siendo…eso es, especismo. Especismo, especismo, especismo por todas partes. El especismo nos rodea, el rojo me rodea en Word porque me subraya la palabra que no conoce. Entérate, el especismo existe. Aunque no lo veas.
Como iba diciendo, matar a un toro así me resulta de un sadismo incongruente. Disfrutar viendo sufrir a un animal no me parece normal en una especie que se cree superior porque es capaz de «razonar» y que se atribuye a sí misma la posesión de «sentido común». En algún momento alguien me dijo que «el sentido común es el menos común de los sentidos», lo que esta práctica cruel no hace más que resaltar.
Concluyendo que la inteligencia humana no llega muy lejos, suponiendo que sigo en lo cierto, voy a dejar aquí, y rebatir a mi manera (esa que decidí democráticamente), los argumentos que se suelen utilizar para reforzar la tesis de que «las corridas de toros son guays». Vamos allá:

1. «Es arte».
Mi profesor de historia del arte concluyó su primera clase diciendo que «arte es aquello que el ser humano considera arte». Es decir, una taza de un váter en un museo puede ser arte, mi abuela en bicicleta puede ser arte, yo haciendo el pino con las orejas soy una muestra suprema de arte. Según este razonamiento, vale, es arte. Porque absolutamente todo es arte. Tú eres arte. Rajoy es arte (auch). El universo es arte. Los alienígenas también. No te olvides de ellos.
Sin embargo, yo no llego a concebir que todo pueda ser arte. Es decir, si entras en mi casa, me matas y me cuelgas de la chimenea a mí no me parecería arte. Tal vez es por esto de la subjetividad, porque sería malo para mí…y para ti. ¿Un poco? ¿Un poquito? ¿Un poquititín? ¿Minininimo? Bueno, supongo que nadie me refutará que matar gatitos no es un arte, o que matar luciérnagas no es un arte. Por lo tanto, para mí, cualquier acción artística que implique el dolor de un tercero no es una acción…artística. Es una acción. Sádica. ¿Vemos la diferencia?

2. «Demuestra la fortaleza del humano, la valentía ante la bestia».
Lo pongo aquí porque veo que alguien me podría decir que matar gatitos y luciérnagas no es peligroso y no se demuestra valentía alguna. ¡Pues sí es peligroso! Aparece una horda de ecologistas y te crujen a golpes con sus pancartas. Vale, tal vez no, tal vez son pacíficos. Pues te crujen el alma con sus gritos, con sus lemas verdaderos, con palabras que son tan ciertas que rasgan como puñales y hacen que tu corazón sangre de dolor. Si tienes corazón, claro, pero ese es otro tema.
Para mí (vuelvo a esta fórmula para que no ataquéis a otros antitaurinos, cacahuetes) no hay valentía en enfrentarse a un toro con una ESPADA y con un montón de BANDERILLAS. Entiéndase aquí que no veo una valentía justa. Weh, a ver, me refiero a que me parece más valiente alguien que se enfrenta a otro a mano abierta que con una escopeta, yo qué sé, cosas mías. Que si el torero fuera a matar al toro con sus manos pues lo vería equitativo y justo y demás: cada uno con sus armas naturales. Pero claro, un montón contra uno, con una espada, siendo un montón de veces más inteligente (lo pongo en duda, hmmm) pues va a salir perdiendo el toro. Digo yo. Es lo lógico. Creo. Debería ser.
Estoy reconsiderando la explicación. Lo que quiero decir es que, para demostrar tu fortaleza, valentía y superioridad, enfréntate a un toro a mano abierta, sin espada, sin piedras, sin pancartas de ecologistas, a ver qué ocurre. Lo que ocurre, obviamente, es que el toro te mata. Porque su físico es superior, así que a no ser que seas Odiseo y puedas desarrollar una estrategia genial en poco tiempo estás perdido. Pero más perdido que los de Perdidos, entiéndase como perdido del todo.
Con esto no digo que apoye la violencia en ningún caso. Digo que, dentro de la estupidez que me parece pelearse con otro animal por diversión (a muerte, especifico), pues sería más justo lo otro. Lo que, en realidad, es absurdo, porque la violencia en sí me parece absurda, así que considerar algo más justo dentro del absurdo es una absurdez. ¿Que no existe la palabra? Aquí estoy para crearla.
Creo que hay otras formas mucho mejores de mostrar la valentía, hablando en serio (por poco tiempo). Es más, considero que ni tan siquiera existe la necesidad de mostrar la valentía, pues el que es valiente es valiente y punto, debe considerarse a sí mismo como tal y no tiene que ir pavoneándose de ello por ahí, porque es egocentrismo. Lo que nos lleva a… antropocentrismo, que nos lleva a… especismo. Volvemos al mismo punto.

3. «Estás en contra de las corridas de toros… ¿y comes pollos?».
Este argumento es cortesía de Alcornoque, cierto personaje que conocí hace años atrás y que estuvo gran parte del poco tiempo que lo vi discutiendo acaloradamente con una amiga. Sobre toros, obviamente. Si me preguntas de donde viene el mote, bueno, lo explicaré en el cuarto argumento, que también es suyo. Te dejo en suspense.
Aquella calurosa noche, junto a la playa, me dijo que no podíamos estar en contra de los toros y comer pollos (creo que se refería a ser vegetarianas. Vamos, que si eres antitaurino tienes que ser vegetariano). Dijo que él prefería una vida bien cuidado con un final «espectacular» antes que vivir en una jaula para ser «comido». Se refería a morir luchando como un toro en contra de vivir en una jaula como una gallina. Creo.
En primer lugar, Alcornoque, en ningún momento nadie dijo que estuviéramos a favor del trato que reciben los animales en algunos lugares, como esos pollos que viven toda su vida enjaulados o a los que les cortan los picos. No, no dijimos eso, simplemente señalamos que no veíamos correctas las corridas de toros. Él infirió, por algún motivo, que nos encantaba comer pollos enjaulados.
Así que el hombrecito siguió con su argumento y empezó a hablar de ordeñar a las vacas de forma cruel como si fueran máquinas y no sé qué. Me pareció un buen momento para explicarle que la leche que compraba me la vendía una señora del pueblo con vacas que pastaban libres por los campos (y vamos, no saltaban de felicidad porque no eran cabras) y que los huevos nos los solía regalar una amiga que tenía una pequeña granja (y vamos, no cantaban de felicidad porque no eran gallos). Y, en fin, que no tenía nada que ver lo uno con lo otro. Que me parecía genial que hubiera personas que se negaban a comer carne; o carne y pescado; o carne, pescado y derivados de la leche; o lo que sea por principios éticos. Pero que eso no era para mí. Que yo me iría desmayando por las esquinas si no comía medianamente bien. Que me parecía razonable comer carne y pescado si era lo que nuestro cuerpo necesitaba para sobrevivir. Lo que, según mi sentido común, no tenía mucho que ver con maltratar a un animal porque te da la gana, pues no es una necesidad de ningún tipo.
Y creo que Alcornoque siguió hablando de lo bien que trataban a los toros, y yo le dije que eso no era ningún argumento para estar a favor de asesinarlos en mitad de una plaza con centenares de ojos pidiendo sangre. Que para mí nos queda largo trecho que madurar como especie, que la naturaleza es cruel, vale, pero ya que tanto nos queremos separar de ella (lo digo por los temas tabú, mira: ¡Muerte! ¡Sexo! ¡Locura! Es decir, lo que viene a ser cosas relacionadas con que somos animales imperfectos) tendríamos que pensar un poco más. Cosa que no hacemos, porque ya nos veo destruyendo del todo el plantea y teniendo que llamar a la puerta de alienígenas para que nos acojan. Y si son medianamente listos, no lo harán.

4. «Pero si no sienten…son animales».
He aquí el momento en el que explico por qué lo llamé Alcornoque. Tal vez fue porque su nombre era Alejandro y alternarlo con Alcornoque quedaba muy bien para la canción de Lady Gaga (alcor-alcornoque, alcor-alcornoque…).
En realidad, tiene sentido. Porque cuando dijo esto me quedé con cara de WTF (qué, las siglas en inglés quedan mejor) y le pregunté que entonces los humanos qué éramos. Si no éramos animales, teníamos que ser…plantas…hongos…protozoos…juraría que esos fueron los reinos que yo había estudiado en Conocimiento del Medio, otrora, allende los mares (literalmente, que estaba en Canarias, pero especifico que Alcornoque en cuestión no era canario, sino peninsular). Y como él respondió que los humanos NO somos animales, pues tácitamente mis amigos decidieron que él era como mucho una planta. Lo que me pareció un insulto a las plantas. Pero vuelve a ser otro tema.
El razonamiento suyo fue «puedes hacer daño a cualquier cosa que no sea humano porque no siente». En primer lugar, teníamos que explicarle que los seres humanos somos animales, cosa que me da la impresión de que no se puede discutir seriamente en ningún ámbito, ¿nunca oíste lo de que el ser humano es el único ANIMAL racional? Pues es mentira. Razón tenemos poca y os olvidáis de esos alienígenas que nos van a cerrar las puertas.
La cuestión es que le parecía genial matar toros porque son animales (ojo, y nosotros no) y por lo tanto no sienten. Estoy segura de que mis amigos biólogos potenciales se habrían dado de cabezazos contra una pared ante una afirmación así. Con Alcornoque lo que pasó es que alguien dijo casi gritando «¡Para qué tienen sistema nervioso entonces, eeeeeeh!». Pero nada. Que para él no sentían, por lo que lo siguiente que se oyó fue a alguien diciendo que «tenían que clavarle banderillas y espadas a él». No, a ver, yo creo que con una clase de biología elemental básica-básica de cuarto de primaria le sirve. No a la violencia, he dicho. No voy a estar a favor de la violencia contra humanos estando en contra de la violencia contra toros. Incongruencias y eso.

5. «Es una tradición en España».
Primero, GRACIAS A TODOS ESOS EXTRANJEROS QUE SABEN QUE ESPAÑA NO ES SOLO CORRIDAS DE TOROS Y SEVILLANAS. GRACIAS, EN SERIO, TODOS LOS ANTITAURINOS Y PERSONAS QUE NO ESCUCHAN SEVILLANAS OS AMAN.
Ahora que he dejado eso claro, continúo. Defender algo por tradición tiene una reducción al absurdo que me resulta maravillosa. Para quien no lo sepa, es un argumento que trata de llevar la tesis del contrario a un extremo absurdo. Con esta es muy fácil. Si debemos mantener los toros por tradición, empecemos a echar a los leones a los cristianos como hacían los romanos, tengo entendido que les encantaba. (Eh, eh, que yo no estoy en contra de los cristianos. Lo he reducido al absurdo. Que quede claro).
Defender una tradición a ultranza… no es lo mejor que se puede hacer. Antes tendríamos que revisar si la tradición en cuestión sigue siendo moral en nuestro tiempo. Por si no os habías dado cuenta, somos algo menos bestias que hace quinientos años, solo un poquito, pero no quiero ni un pasito atrás. Ni uno. Estoy esperando a que la humanidad evolucione, no a que involucione.
Muchos dicen que los toros representan a España. Bueno, para eso ya tienes otros símbolos como la bandera. He conocido alemanes, ingleses, belgas, franceses, austriacos, estadounidenses, gente diversa, que se echan las manos a la cabeza porque algunos españoles están superultramegahiperorgullosísimos de los toros. Ni todos estamos orgullosos de eso ni me parece un símbolo apropiado para nada. Si quieres utilizarlo para señalar que somos igual de idiotas que hace tiempo, pues sí, es genial. Pero a mí no me gusta vivir en un país que demuestra idiotez.

6. «Se perderían puestos de trabajo».
Sí, hijo. Los verdugos perdieron el trabajo, los tratantes de esclavos perdieron el trabajo, los asesinos deberían perder el trabajo, utilizar algo que puede tocar la sensibilidad de algún parado para defender la crueldad es demagogia o algo de eso. En realidad no tengo ni idea, pero que se terminen trabajos de ese tipo no lo veo incorrecto. Ni no hubiera trabajo de dictador, el mundo iría mejor. Mira, ha rimado. Creo que aquí no hay mucho más que decir.

En algún momento, según Internet, Theodor Adorno dijo que «Auschwitz empieza dondequiera que alguien mira un matadero y piensa: son sólo animales». Os he buscado la frase que más daño me hizo para que os sintáis un poco incómodos. Mira que yo digo que no soy una santa, que sigo comiendo carne, que no lloro las muertes de animales (entiéndase animales «no racionales») igual que las humanas. Pero solamente hay que tener unas poquitas neuronas para replantearse que nos estamos cargando cruelmente todo lo existente. Desde los animales y los bosques hasta la limpieza que hasta ahora había por el espacio. Que en algún momento, no demasiado lejano, la Naturaleza, sí, con mayúscula, nos va a devolver el golpe, castigándonos con el poder de todas las atrocidades que hemos cometido, con el dolor de todos a los que hemos hecho sufrir.
En fin, qué cabe esperar de una especie que ni tan siquiera se defiende entre ella. Difícil me parece que empecemos a respetar mínimamente a los demás animales cuando seguimos siendo intolerantes con nosotros mismos, cuando las guerras se abren paso entre la barbarie, cuando la esclavitud sigue existiendo, cuando el más pequeño error de los demás nos da motivos para matarlo. No, no sé qué esperar de nosotros mismos. Tengo perdida la fe en la humanidad. Los que supuestamente somos los únicos animales, o de los pocos, que podemos representarnos la mente de los demás solamente somos capaces de provocarles sufrimiento. Los que supuestamente somos los únicos que podemos hacer acciones morales o inmorales nos empeñamos en elegir el camino negro de la maldad. La autopista a la destrucción. Porque, tal vez, lo que caracteriza al ser humano no es que sea el «animal racional». Tal vez lo que lo caracteriza es que es el «animal desalmado».

Cierro dejando la foto de Morgan haciéndose la muerta, para que veáis que un animal juguetón y cariñoso haciéndose el muerto es adorable, que un animal apaleado y torturado muerto es asqueroso y vergonzoso. Saludos desde mi mundo ideal.

8 nov. 2013

Solo tú puedes salvar el mundo o cómo quitar becas Erasmus lo puede destruir (cuento crítico)


Ayer estuve rebuscando entre mis archivos (normal, tengo muchos y me olvido de la mayoría) y me encontré, con sorpresa, con el siguiente texto que escribí en primero de bachillerato. Es decir, qué bien viene ahora que Wert está manoseando e intentando estrangular las becas Erasmus.
NOTITA: Es un cuento fantástico, pero la fantasía es simplemente una visión distinta de la realidad. Creo que la crítica a los recortes en educación se puede entender.

Volvió a meter las manos en los bolsillos. Se había olvidado los guantes en casa, estaba demasiado nervioso como para acordarse de una cosa tan banal como aquella. Tenía ante sí una gran oportunidad que no sabía si rechazar o no, por eso acudiría de nuevo a la adivina que tantas veces había acertado sobre su futuro. No le quedaba otra opción: era de carácter indeciso. Siempre que tomaba cualquier decisión pensaba en las miles de consecuencias catastróficas que podría tener. Por eso necesitaba la opinión de alguien que las atisbaría todas.
Por fin llegó al número 33. Era una vieja casa de ladrillo rojo bastante vulgar, situada justo en medio de los barrios más normales de aquella laberíntica ciudad. La primera vez que le hablaron de aquel lugar donde vivía una bruja se había imaginado una oscura calle llena de niebla y una casa que parecía salir de la nada. En aquella fachada que se erguía ante él nada parecía señalar el poder que habitaba en ella.
Abrió la vieja verja negra y caminó por el pasillo de piedra que llevaba hasta la morada de aquella mujer. Llamó una vez al timbre y esperó impacientemente en la oscuridad del jardín, frotándose las manos para calentarlas.
La puerta chirrió al abrirse y un haz de luz iluminó la noche. Una mujer anciana de pelo blanco se asomó y sonrió al ver al desgarbado muchacho. Este la saludó cortésmente, como siempre hacía, y pasó dentro. El interior parecía también el de una casa normal y corriente, como todo lo demás, tal vez decorada un poco a lo antiguo, situación habitual en casas habitadas por personas de cierta edad.
Los dos se dirigieron al pequeño cuarto en el que la mujer tenía sus «instrumentos» que era lo único inusual que se podría descubrir en aquel lugar. Eso sí, aquella habitación hacía que te olvidaras de todo lo demás: estaba llena de bolas de cristal, antiguos libros, cartas de tarot y frascos llenos de hierbas y cosas que el chico no quería ni imaginarse. Se sentaron en el sofá rojo y la viejecita preguntó:
—¿Cuál es tu duda, hijo?
—Verá, Décima —Así la llamaban porque era la más pequeña de diez hermanos, y también por la Parca de la mitología romana—, he conseguido una beca Erasmus por fin para ir a estudiar a Francia, pero no sé si irme.
—Eso parece bueno, ¿por qué ibas a rechazarlo?
—Estoy preocupado por mi padre. Aún no se ha mejorado de su enfermedad y no quiero abandonarlo.
—No lo abandonas, muchacho, lo dejas con tu madre y tu hermana.
—Pero ya sabe a lo que me refiero.
—Entonces, ¿lo que quieres saber es si pasará algo cuando no estés?
—Exactamente.
La mujer suspiró. Aquel muchacho acostumbraba a venir a pedirle consejo cada vez que tenía cualquier duda sobre cualquier tema. El indeciso, lo llamaba su marido. De todos modos sacó sus cartas de tarot. En realidad eso no servía de nada, lo que tenía que hacer era asomarse al futuro, olvidarse de la imaginación humana del tiempo, entrever entre la niebla otros momentos. Comprobó que su padre se pondría mejor en el futuro, en un futuro bastante cercano. Sonrió.
—Mejorará en unos meses —Las personas creían mejor sus palabras si eran específicas. Con las mentiras pasaba lo mismo—. Esa es la carta de la salud, tu padre se recuperará pronto.
El chico suspiró, dio las gracias y se levantó. La mujer lo acompañó hasta la puerta y rechazó el dinero que este le ofrecía. Mientras el muchacho se metía las monedas en los bolsillos ella se arrebujó con su abrigo, pues notaba el aire frío de alrededor. El muchacho se despidió y desapareció por la calle.
La anciana fue a su cocina a prepararse un té cuando vio a su gato corriendo de un lado a otro, jugando con algo. Cuando se agachó para cogerlo comprobó que era la bufanda del chico. La cogió.
Un hombre anciano está viendo la televisión. Al menos, lo está intentando. No consigue sintonizar ningún canal. Se levanta lentamente y aporrea la televisión hasta que la melodía de las noticias comienza a oírse. Vuelve a sentarse lentamente, cogiendo el mando para subir el volumen.
Una gran explosión sale en la pantalla. Hay personas cerca de la cámara que salen corriendo para ponerse a salvo, temiendo por sus vidas. Los camiones de bomberos se dirigen rápidamente hacia el edificio para luchar contra las llamas que ya crean una inmensa columna de humo.
Una joven reportera aparece en una rueda de prensa.
—Estas imágenes que acaban de ver han sido grabadas en la central nuclear francesa que casi vuela por los aires. Debido a una ciclogénesis explosiva de gran magnitud, uno de los reactores ha sido dañado y parte de él ha comenzado a arder. Sin embargo, los bomberos han llegado a tiempo y el reactor no se ha visto afectado gracias a un invento de protección. Sin él el calor podría haber afectado seriamente la antigua estructura interna de la construcción—hace una breve pausa y continúa—. El hombre que tengo a mis espaldas—dice— ha sido uno de las personas que más han contribuido a que no se produzca la catástrofe. Este hombre es el científico que creó el sistema de protección que nos ha salvado de un apocalipsis nuclear.
El anciano aplaude sin moverse del sitio, aunque comenta algo sobre «sensacionalismo al utilizar palabras como “apocalipsis”».
—Comenzó su andadura como científico con una beca y ha llegado a ser el mejor de este siglo. Gracias a su contribución no ha estallado esta central, que habría provocado una peligrosa fuga que llevaría nubes radiactivas al resto del mundo. Demos un aplauso a Juanjo García Gómez.
El anciano rompe a llorar mientras sonríe para sí mismo. Se enjuaga las lágrimas y le dice a la televisión:
—Estoy orgulloso de tu determinación, hijo. Una beca Erasmus nos ha salvado.
La vidente tiró la bufanda y se secó el sudor de su frente. Nunca había tenido una visión tan intensa, y aunque no hubiera sido mala, la había sentido con angustia, como si no se fuera a cumplir si sucedía algo que lo impidiera ahora.
El timbre volvió a sonar. Al abrir la puerta comprobó que allí estaba de nuevo el chico. Se había acordado de la bufanda cuando salió a la calle y notó el viento frío de la noche. La anciana le preguntó:
—Perdona, muchacho, pero la beca…es decir, ¿qué es lo que quieres estudiar?
—Física. Me interesa la física nuclear.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo a la mujer. Al devolverle la bufanda, pudo comprobar que en la etiqueta ponía «Propiedad de Juanjo G. G.». El chico volvió a sonreír distraído y le deseó buenas noches. La anciana se quedó allí, en el umbral de la puerta, observando de nuevo cómo la oscuridad se tragaba a aquel muchacho.

«Todo es tan extraño…» pensaba mientras cerraba la puerta.  «Ayudas a alguien, a un joven sin experiencia en nada, y a los pocos años puede que él te salve de una catástrofe…bien está el dicho de haz el bien sin mirar a quien, porque la vida es tan enigmática y da tantas vueltas que una pequeña acción de un ser humano irrelevante puede destruir el mundo…o salvarlo».