24 dic. 2013

Carta de una melancólica soñadora que no quiere dejar de fantasear en Navidad

Mientras saco el portátil la señora que está al lado, que ha tenido varios problemas para encontrar el sitio, habla con su hijo por el móvil. Le desea buenas Navidades en esas tierras lejanas, le pregunta si ya terminó el trabajo. Le vuelve a desear suerte. Le dice que su padre le echa de menos, como ella. Le desea buenas Navidades. Una y otra vez. Feliz Navidad.
Me apetecería arroparme con una manta y ver cómo cae la lluvia mientras me despido de Oviedo. Si alguien pusiera una chimenea enfrente, con llamas que saborean el sabor de un tronco seco, y me trajera un chocolate caliente, mejor aún. Es lo que pide el frío que se avecina. Fuego, hogar, deseos, esperanza. Es lo que merece.
Cuando viajo por estas fechas me intento imaginar la vida de la gente. Todos llevan mucho equipaje, todos llevan mucha ropa de abrigo encima, como si todos esperasen que al llegar a sus tierras el cielo los recibiera nevando. Lo que me preocupa realmente es quién los espera y los recibirá, no qué; lo que quiero descubrir en sus andares lejanos son las esperanzas que guardan sus corazones; lo que quiero vislumbrar en sus ojos es a dónde se dirigen, en qué lugar del mundo se encuentra su hogar.
Suelo inventarme la historia de sus vidas. Piense en lo que piense mientras observo el mundo desde mi ventana del autobús, todo acaba tratando de personas. Y da la impresión de que, de repente, todo a mi alrededor está iluminado con las felicidades y los pesares de personajes desconocidos con algún destino fijo. Mientras ellos viven sus vidas, yo intento encontrar la mía a través de sus almas.
Como he dicho, al final todo trata de personas. De personas lejanas, cercanas, ausentes, presentes, de besos, de abrazos, de lágrimas. Miles de ánimas que vuelven a su hogar o se quedan en tierras extrañas, miles de nuevas sonrisas que nuestra memoria inmortalizará. Todos respiramos el mismo aire y todos vamos de la mano en el mismo barco, pero cada uno tiene su pasado. Un pasado que a veces te persigue, que a veces se queda atrás. Da igual. Mis pensamientos hacen que mi imaginación rescate todos los pasados plausibles y todos los futuros inciertos.
Al recolocarme los cascos con una sonrisa, me percato de que la noche ya se ha cernido sobre el mundo. Y parece tener vida propia, como si las sombras fueran entidades fantasmagóricas, como si en realidad la oscuridad pudiera seguir a los transeúntes. Sin embargo, en esta ocasión, hay luces de diversos colores que los guían, que les muestra el camino de vuelta a casa. Da igual que la oscuridad sea como la luz, da igual que irradie negrura. Las lucecitas abren el camino en ese elemento. Da igual que apagues todas las farolas, esas bombillitas seguirán titilando en lo alto, movidas por el viento.
Muchas veces, aunque las luces nos acompañen, aunque las sonrisas nos reciban, percibimos que de una Navidad a otra hemos ido perdiendo cosas, personas, sentimientos importantes. ¿No podríamos alegrarnos por lo que hemos ganado? ¿No podríamos, en el peor de los casos, dejarnos cautivar por las luces parpadeantes, por la cara de felicidad de los niños, y prometernos a nosotros mismos que en cuanto antes seremos capaces de acabar con la situación que nos inquieta? Es un buen momento para trazar un plan a la luz de una hoguera, de intentar soñar despiertos mientras señalamos la estrella fugaz que aparece en el cielo.
¿A qué crees que saben, huelen, suenan las Navidades? ¿Qué tacto tienen? Aguarda, te lo voy a decir. Saben a mazapán y turrón; huelen a musgo fresco, al frío de la nieve, a tierra mojada, a arena húmeda; suenan a villancicos, a los que sean, esos que tanto odias y luego tarareas sin querer; tienen el tacto de las mantas, de lo humano, de la madera caliente.
Últimamente, seguramente desde que perdí mi inocencia de niñez, las Navidades para mí son melancólicas. Melancólicamente bellas. Melancólicas, al fin y al cabo. Pero también están llenas de magia. De algo que flota en el aire. Algo alejado de la religión, de la sociedad, del consumismo, de los regalos. Es simplemente como si esta época del año pudiera rescatar los recuerdos que más amo, los mejores momentos, para ponerlos sobre la mesa y mostrármelos de nuevo. Y eso, claro está, duele, pero también es una de las mejores sensaciones que siento.
En todo eso voy pensando mientras el autobús me lleva por pueblos en los que nunca he estado en realidad. En todo eso pienso mientras siento que la Navidad, una vez más, nos comienza a rodear.


PD. En mi casa dejo que la oscuridad me trague y solamente las luces de ese árbol de mentira me guíen. Suelo observarlas desde abajo. Me hipnotizan. Hacen que una parte de mi alma esté un poco, un poquito más tranquila.