28 ago. 2014

Veranos guardados en la memoria

Bajo sus pies enjaulados en unas sandalias podrían construirse imperios decadentes, edificios de arquitectura imposible, bosques sagrados o lugares innombrables. Bajo sus pies podrían escribirse y borrarse historias enteras en un segundo. Bajo sus pies podrían quedar grabados los nombres de las personas que soñaban con la eternidad. Sin embargo, bajo sus pies incluso sus propias huellas se desdibujaban, incluso las huellas del pequeño aterrizaje de una paloma desaparecerían tarde o temprano. No puedes construir lo eterno en lo perecedero.
De todos modos, tal vez lo que conseguía que nadie quisiera construir sus imperios con ese pequeño material era su color: incluso un castillo construido por las manos infantiles más afanadas sería negro como la noche y nadie se atrevería a compararlo con un palacio de cuentos de hadas. Sin embargo, años atrás una niña había hecho lagartos gigantes de un negro reluciente y bañado por el mar, negando con la cabeza si alguien le aseguraba que aquello era un cocodrilo. La niña había crecido y se había adentrado en el mar para convertirse en una sirena, habiendo dejado a sus espaldas un hueco vacío en la arena.
No sabía si había elegido mal el día, pero bajo sus pies no había castillos ni lagartos ni juegos escritos con piedras que tuviera que evitar. Tal vez había elegido mal el año y ni tan siquiera la sirena podría dirigirle hasta las profundidades llenas de colores. Tal vez había elegido mal la década y en la playa ya había demasiada basura, demasiado sudor y demasiadas personas. O tal vez había elegido mal el siglo y ni un fantasma podría mostrarle cómo fue el litoral antes de que la vorágine del turismo se lo tragara.
Con los años todo parecía cambiar alrededor de la playa: las edificaciones, los nombres de las calles, los paseos, las plantas, los puestos de helados, los idiomas y las caras de las personas. Sin embargo, siempre que volvía la arena negra le esperaba bajo sus pies, salpicada de rocas volcánicas. Su mirada siempre seguía al joven que llegaba presuroso, dejaba sus chanclas y se lanzaba al mar evitando olas y surcando mundos en busca de su sirena. Sus ojos siempre se tropezaban con el hombre que atravesaba las rocas, el salitre y el polvo para que los visitantes tuvieran algo que comer mientras el sol se ocultaba. Sus oídos captaban siempre el murmullo de las olas, los gritos de las gaviotas y las risas de los niños. Y el mar siempre lo esperaba, imperturbable.
Aquel día no había niños que cogieran las olas con sus tablas ni jóvenes jugando a las palas; no vislumbraba a la loca que intentaba subir por los cocoteros ni al que practicaba malabarismos. Lo que sí había aquella tarde en la playa era un anciano de pelo blanco sacando fotografías al horizonte con una ternura envidiable y un padre que le enseñaba a su hijo cómo rebotar piedras en el agua.
La playa seguía como siempre y había cambiado. Los años se mezclaban en su cuerpo mientras su mente intentaba recordar. El hombre que fue allí a rememorar su niñez se despidió del lugar con una inclinación de cabeza, sintiendo miles de promesas bajo sus pies: el mar le susurró un adiós, las palmeras y los cocoteros le hicieron una reverencia y el sol le regaló un rayo verde justo antes de que él volviera la vista y se mezclara entre el ruido y la música de la civilización.

Recuerdos comprimidos de casi veinte veranos en Puerto Naos (La Palma), escritos en la misma playa. Dedicado a todos los canarios que me trataron como si no fuese goda y a todas las personas que han llenado mis ratos libres de risas en cualquier momento del año. Sed felices.