4 dic. 2014

Pido disculpas por ser laísta; ahora pídeme disculpas tú a mí o la estigmatización de errores lingüísticos

«La dije que la amaba y la escribí una carta». Espero, lector, que te hayan sangrado los ojos, o los oídos si eres de los que lees imaginando una vocecita en tu cabeza. Prometo no volver a hacerlo. ¿Pero entiendes que esas «horrorosas faltas» son muy comunes para mí? El laísmo: empleo irregular de las formas «la» y «las» del pronombre «ella» para el complemento indirecto. Un vulgarismo dialectal, como lo llama cierto profesor de sintaxis. Una cosa que también hacía Delibes, jejeje, según alguna otra profesora. Tengo decenas de vulgarismos dialectales y «cosas que hacía Delibes». ¿Me convierte eso en vulgar o en Delibes? Espero que no en choni, al menos, ni en persona que vaya a escribir algo tan estresante como La sombra del ciprés es alargada. Solamente en cántabra.
Entiendo que la ortografía y la gramática sean completamente necesarias para entendernos. Y la sintaxis. Y todas esas normas que tiene la lengua en general. Entiendo que un mundo sin ningún tipo de regla sería un caos y, es más, no creo que pudiera existir. No me vengo a quejar de las reglas establecidas en la lengua (si no me crees, lee esta entrada: http://laspalabrasdesarausten.blogspot.com.es/2014/07/pequena-razon-por-la-que-sirve-estudiar.html), sino de la actitud de los hablantes.
¿Ves qué lugar tan mono? Pues tiene muchos laístas sueltos,
PELIGRO
«Oh, Zeus, una cántabra laísta quejándose de la actitud de…». Calla. Soy cántabra, soy laísta y soy filóloga potencial, lo que me da cierta autoridad para ver una norma desde las dos posiciones enfrentadas: quienes las reivindican y quienes sufren por su culpa.
Estuve bastantes años pensando que esas dos oraciones que dije al principio (las «horrorosas») eran perfectamente correctas en español, hasta que llegó el típico malnacido prepotente a meterse conmigo. El resumen, es, en fin, que me avergoncé de hablar como hablaba, y estuve un tiempo siendo más leísta que laísta por la ultracorrección que hice (ultracorrecciones: un hablante se quiere corregir tanto que se pasa y suele ir de un error al contrario, todo muy guay).
Que se me escape un laísmo forma parte de mi variedad del español (a saber, el laísmo es común en Cantabria y Castilla) y de mi idiolecto (conjunto de rasgos en la forma de expresarme que son muy yo misma. Que ningún filólogo me diga que no. Necesito a mi laísmo para sentirme yo). Esto nos lleva a la conclusión de que el laísmo forma parte de mi personalidad (como deslizarme por encima de las mesas de clase para no obligar a los compañeros a levantarse para dejarme pasar o leer libros en el tejado. Lo mismo, vamos). Los horrores forman parte de mi personalidad. Los errores lingüísticos (gramaticales, sintácticos, morfológicos, léxicos) son parte de la zona oscura de mi alma de filóloga.
Si nunca dijera laísmos, ni tuviera acento cántabro, ni utilizara el verbo «triscar» para «crujir» o el sustantivo «Zeus» para decir «Dios», estoy segura de que las personas que me conocen me acabarían preguntando que si estoy bien. Que si me estoy perdiendo a mí misma. Y, porras, no quiero hacerlo. Solamente en una situación muy formal, pero porque los protocolos desdibujan la personalidad de cualquier persona.
Ciertos profesores de lengua, la televisión, la opinión de los demás nos llevan a reírnos de aquellos que comenten errores lingüísticos. Y, como ocurre siempre, no nos damos cuenta de que todos los cometemos, porque ni tan siquiera los de la RAE son sabios omnipotentes que escapen a los pequeños fallos. Y los universitarios tampoco se libran, ni de reírse de mí ni de cometer errores. Lo siento, no hay nadie perfecto.
Pediría, muy por favor, que si me oís diciendo algo raro o encontráis faltas en mis escritos os acercarais, me dierais una palmadita en la espalda y me dijerais: «Esto no es español estándar correcto-correcto para este nivel formal de escritura». Y entonces yo respondería: «Gracias, colega». Y todos felices, y salvamos la lengua de paso (nota: no creo que por evitar que yo diga laísmos salvemos la lengua, es una exageración. Solo salvaríamos los oídos de los no laístas).
Sin embargo, las personas son más de «OH, ZEUS, ME SANGRAN LOS OJOS», de «¡Mira qué incultura!» o «Pobrecito, qué barbaridades dice». Son más de reírse de acentos en vez de imitarlos porque les suenen guay, son más de lanzar diccionarios a la cabeza. Sí, a mí también me gustaría tirar diccionarios a la cabeza a ciertas personas, pero solamente cuando me sacan de mis casillas. Luego me ofrecería a darles clases de lengua gratis.
¿Ves qué puesta de sol sin sol? Pues PELIGRO MÁXIMO,
hubo laístas observándola y sacando fotos.
El resumen de esto es fácil: los errores lingüísticos duelen, pero puedes solucionarlos en vez de reírte de quienes los cometen. Que, en algunos casos, es reírse de la incultura de los demás, de su torpeza, de su origen o de su forma natural de hablar. Y ya que hablo de errores, aclaro que para mí los errores son un ente abstracto e imaginario que se han inventando algunos escogiendo otros modos de hablar con otros errores más aceptados por ellos mismos. ¿Vale?
Me tengo que quejar de una última cosa que me duele unas ochocientas veces más que el hecho de ver estos «errores» (¡Oh, por Atenea, qué será!). En las redes sociales han surgido un tipo de personas que van de «Lo sé todo de la lengua y nunca cometo una falta» que se dedican, expresamente, a corregir a los demás de manera más que borde (y lo sabré yo bien). Y son los que califican a las personas como «hablante que habla “bien” y hablante que habla “mal”». Muy omnipotentes.
Sé que hace un tiempo vi un tweet de uno de estos seres (con una cuenta del tipo @Ortografía) que llamaba incultos a los que hacían no recuerdo qué, que yo sabía que estaba aceptado (como el leísmo de persona en singular si el objeto directo es masculino: «Vi a Juan». «Le vi» o «lo vi»). Le contesté señalándole el error. Pasó de mí. Voy a poner un ejemplo más rebuscado e inventado para que os hagáis una idea:
Ser de Twitter dice: «Los incultos escriben dos signos ortográficos incompatibles seguidos, como el punto y la coma».
Aquí llega Sar y contesta: «Hay excepciones, como si “etc.” termina una enumeración abierta, pero la frase continúa y se necesita coma para señalar esta enumeración. Ejemplo: “Sus libros, sus cuadernos locos, sus escritos perdidos, etc., alfombraban el suelo de todo su reino”».
¿Ves qué entrada tan de fantasía épica?
Pues los laístas pueden bajar por esas
escaleras.
Nunca jamás cabrees a un filólogo que ha estudiado una asignatura como «Español Normativo» porque te puede sacar excepciones y normas que avalen su forma de escribir incluso de debajo de las malditas piedras.
Pero más importante: nunca jamás cabrees a nadie por meterte con él o con su forma de hablar, que tenemos otros problemas que solucionar. Y, para tu información, hiere sentimientos de la gente sensible, normal y con coraza. A ver qué conclusiones sacas de esto, además de que alguien me tiene que defender por ser cántabra.
Saludos a todos los que cometen errores.
No saludos a todos los que comenten errores y aún así se meten con la gente.
Feliz vida de todos modos a todos-todos-todos. Sed felices. Pero no a costa de los demás.
PD. La RAE acepta tanto «legible» como «leíble», no toquéis las narices a la gente. Id a dormir. Confesaos con la almohada. La hache mola porque es muda, pero bien que se queja si no la pones. Esto sí es el final. Deja de leer. Este texto, no en general. Nunca dejes de leer.